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La Hora Rockdelux #13, Junio 2014

RADIO (RDL 329)

La Hora Rockdelux #13

Junio 2014

Por Santi Carrillo y Juan Cervera

Un viaje que nos lleva de los inicios de Nirvana –con versión de Led Zeppelin– a la banda sonora de Cliff Martinez para “Solaris”, del Sisa catedralicio al tradicionalismo del folk de Shirley & Dolly Collins, de la rumba-ventilador de Antonio González (El Pescaílla) al pop cubista de Hans Laguna, del footwork quebrantahuesos de DJ Rashad a los ambientes vieneses de Fennesz.

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ÁLBUM (1999)

THE MAGNETIC FIELDS

69 Love Songs

Merge
THE MAGNETIC FIELDS, 69 Love Songs
 

Volvemos de nuevo a una de las obras más importantes de los últimos lustros y una de las preferidas por los lectores de Rockdelux. El majestuoso y ambicioso triple CD de los Magnetic Fields de Stephin Merritt fue escogido el número 1 entre los mejores álbumes internacionales del año 2000 por los periodistas de la revista en el Rockdelux 181. El disco se había editado en septiembre de 1999, pero no se distribuyó oficialmente en Europa hasta el siguiente año. Santi Carrillo escribió una de las críticas más largas en la historia de Rockdelux a propósito de este memorable “69 Love Songs”, trabajo que siempre perdurará en el recuerdo de quienes hayan experimentado el influjo de sus canciones alguna vez. Fue seleccionado entre los doscientos mejores álbumes internacionales del siglo XX en el Rockdelux 200 (ocupó el puesto 180; ver crítica aquí). Debajo se puede escuchar una muestra de su magnético encanto.

Haciendo nuevamente del sonido barato (con un arsenal de instrumentos) una de las más altas cotas de riqueza emocional oída en estos últimos años, un Stephin Merritt en plena forma vuelve a aliarse con la melancolía pasada y con la que está por venir para arrojarnos a la cara su cumbre personal al respecto de cómo enfrentarse al amor durante el amor y al amor después del amor.

Si discos como “Get Lost” (1995) –probablemente, el “Un soplo en el corazón” (Family) norteamericano– justificaban en su día por qué “seguíamos escuchando discos, y hasta enamorándonos de algunos de ellos” (Jesús Llorente), aquí llega el monumental “69 Love Songs” –la última gran obra de 1999; disponible en Europa a través de la importación– para rizar todavía más el rizo de lo gratificante: un triple CD repleto de esa marca de fábrica tan reconocible que ha hecho de Merritt (poeta, homosexual, bajito y feo) un icono de los sentimientos más frágiles.

A pesar de la imprecisión dubitativa que caracterizan sus acabados –debe oírse como candor neutro que transforma la imperfección en radiante humanidad–, Merritt conoce el terreno que transita: sacando petróleo de los pozos afectivos de siempre, las canciones de The Magnetic Fields –¿modestas?, ¿humildes?– son brisa fresca que te columpia en un romanticismo melódico, fácil y precioso, a través de estribillos de baja fidelidad que se instauran en la memoria para siempre. (Aquí, un recuerdo para “All The Umbrellas In London” y sus frases demoledoras en el celebrado “Get Lost”: “Todos los paraguas de Londres no podrían parar esta lluvia / Y toda la droga de Nueva York no podría matar este dolor / Y todo el dinero de Tokio no podría hacer que me quedara”).

Una disparatada idea inicial sobre una revista musical con cien“modern love songs”, las finalmente tres horas de duración de “69 Love Songs” se archivaron en una caja con tres CDs (más de cincuenta temas quedaron fuera de esta magna obra). Incluye asimismo un recomendabilísimo libreto con una larga y brillante entrevista de Daniel Handler con Merritt comentando todas las canciones, a la manera de lo que ya hicieran Pet Shop Boys, con la ayuda de Jon Savage, en el “Alternative”. Aunque, atención, también se venden los tres CDs por separado.

 
THE MAGNETIC FIELDS, 69 Love Songs

Stephin Merritt debería empezar a mirar de tú a tú a los grandes nombres del pop alternativo actual. Sin complejos, con orgullo.

 

Depurando la simpleza de lo simple, a veces en infinitas versiones de canciones antiguas a la caza del enfoque ¿definitivo?, parapetado tras un conocimiento exhaustivo de cualquier tipo de música, con una memoria prodigiosa para delimitar canciones, estilos e intérpretes de todas las épocas, y a la usanza de su adorada Laurie Anderson para crear melodías rompecorazones sujetas a textos que se mofan sin piedad de esas melodías, Merritt desborda tablas y oficio al darle la vuelta, desde una aparente distancia, a sensaciones profundas con un dominio asombroso de las palabras. A veces, parece elegir la opción “me río por no llorar” y obliga a que admiremos incondicionalmente su fino ingenio para diseccionar con microscopio las cuestiones que dan sentido a la existencia. Otras veces, clava el alfiler hasta el fondo sin segundas lecturas ni paños calientes que alivien la herida. Tiene el pulso firme para escoger el tempo, el daño o la sonrisa, la magnitud de la tragedia o la comedia de un detalle imprevisto para mostrarse como un pequeño gran hombre de brillantes recursos proyectándose hacia una más que merecida leyenda futura.

Entre otras muchas cosas, algunas de ellas indescifrables para alguien ajeno a Merritt, el material de que consta “69 Love Songs” se compone de todo esto y bastante más: hilarantes bromas al respecto de los clichés del country y la tristeza; influencias de Lovecraft en las letras; depurados excesos a lo crooner en cantantes invitados (Dudley Klute y LD Beghtol); eslóganes para la posteridad: “Let’s Pretend We’re Bunny Rabbits”; amargos tratados de fuego de campo; punk love conceptual; la primera aparición del Pantone 292 en una canción: “Hay tantos colores en el mundo; es importante especificar”; rimas estúpidas: “Reno Dakota I’m not Nino Rota”; rimas no estúpidas: “And I’m so happy I could cry / Oh baby you know how to say goodbye”; rimas que desarman: “Well I’m sorry that I love you / It’s a phase I’m going through / There is nothing that I can do / And I’m sorry that I love you”; aplicaciones de la ley de lo políticamente correcto sobre algún desliz de Irving Berlin; muestras de una posible antítesis del jazz; baladas indecisas con tendencia a lo clásico; palabras inventadas: “boyfriendable”; las voces de sus amigas Shirley Simms (“la mejor cantante viva”, según Merritt) y Claudia Gonson; epigramas poéticos; gospel mainstream; astronomía improbable (“Astronomy will have to be revised”) y astrología razonable (“You need me like the moon needs poetry”); rendiciones a la fórmula New Order (bailable por fuera, triste por dentro); un “Some of us can only live / In songs of love and trouble” sobre piano de principiante; una creíble seudo-“Graceland” sin presupuesto; un tardío homenaje cheerlader a Washington D.C. vía amor teenager; experimentos de vanguardia casera a lo escuela repetitiva; menciones a Gershwin, Sondheim o Porter; un guiño a Johann Sebastian Bach que al parecer no lo es; armonios agujereando la fórmula del blues; píldoras tecno de caja-de-música; reggae para anuncios de cerveza sin; tonada escocesa; simulacros de ambient; juegos repetitivos; melodramáticas postales de fin de romance a dos voces (y con diversión muda de fondo); sentencias vaporosas: “Love is like a bottle of gin / But a bottle of gin is not like love”; bobaliconas odas folk a una guitarra acústica con poderes en el amor y una frase para la historia: “Acoustic guitar, if you think I play hard / Well, you could have belonged to Steve Earle or Charo or Gwar”; y el resumen perfecto a tanto derroche en la paradoja que quizá mejor define muchos instantes de la vida: “The night you can’t remember / The night I can’t forget”.

 
THE MAGNETIC FIELDS, 69 Love Songs

En “69 Love Songs” hay aguda inteligencia, chispas de genio, amor por el humor y desbocaba pasión por la música.

 

Stephin Merritt confiesa estar a favor del sentimentalismo si hay justificación para ello. En esta colección de canciones nocturnas generalmente inspiradas en bares gays, la hay. Como también hay aguda inteligencia, chispas de genio, amor por el humor y desbocaba pasión por la música. Es, en fin, una adorable –acaso también obsesiva– demostración de un talento de peso que, tal vez lindando con el caudal poético del último Leonard Cohen, y aferrándose a su panorámica y ejemplar cultura musical, debería obligar a Stephin a empezar a mirar de tú a tú a los grandes nombres del pop alternativo actual. Sin complejos, con orgullo.

Aun necesitando vitaminas de autoestima y no muy sobrado de carisma, Merritt, borracho de cínico romanticismo, de litros de vodka con naranja o de lo que quiera, es nuestro hombre. Definitivamente.

“I Think I Need A New Heart”.

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