Sirva esta obra para explicar qué es la fotogenia y en qué consiste un videoclip performativo, es decir, uno en el que casi todo lo que vemos es el artista cantando la canción para la que está dedicado el vídeo. El playback de toda la vida, vamos. El director y la artista se habrán confabulado contra alguien para que una letra cargada de lubricidad, libertinaje y risa floja acabe teniendo un vídeo muy lejos de los estándares del hip hop. Ese que estamos cansados de ver, de bikinis mojados y tremendismo explosivo y de mal gusto con respecto al ideal femenino. Azealia Banks ya tenía alguno así, vaya por delante, pero con este necesita solo su cara, unas trenzas, unos shorts, un jersey con la efigie de Mickey Mouse y una canción para generar hipnosis.
La virtud de esta pieza de Vincent Tsang es haber sabido sacar partido al “perfil bueno” de la Banks; resulta una exploración de su gracia y su fotogenia con un aprovechamiento excelente. Está plagado de momentos de verdad entre la habitual coreografía, de risa real que no se puede impostar. La pieza captura quién es la artista. La cámara solo tiene que estar ahí, sin planificar demasiado, sin calcular el tamaño del plano. Tan solo cazando lo bueno. Y punto. Por otro lado está la canción. Gasolina, es esto. No se ve, pero se huele. Ahora la pregunta del millón: ¿qué está elevando a qué, el vídeo a la canción o la canción al vídeo? Un caso de estudio. ![]()







