La bondad de esta pieza de Elisha Smith-Leverock para Esser reside en la vuelta de tuerca de los códigos de la música filmada para su uso promocional. Con una estética deudora directamente de programas de televisión de estudio de las décadas de 1960 y 1970, la directora se acerca a la puesta en escena partiendo de una premisa conocida y asumida como un estándar visual impreso en el inconsciente colectivo. Sin embargo, en el desarrollo del vídeo se adentra en un lenguaje propio de las vanguardias, y es ahí donde se produce la ruptura formal.
El artista, fotografiado como si fuera un James Chance autómata, se adentra en repeticiones y salidas de tono (cambios bruscos de puntos de vista, de luz, rupturas del relato surgidas entre seguir el playback o dejar los labios del artista cerrados, repeticiones) que continuamente rompen el código conocido como playback de un modo rítmico y repetitivo. En ese sentido la propuesta marcial y machacona de Esser se ve reforzada por el rigor de la puesta en escena y el montaje. La locura permitida en esta obra reside en la sutil audacia de una propuesta más cerca de Hans Richter o de László Moholy-Nagy que de los programas de variedades que marcaron el primer audiovisual pop en estudios de televisión.
El uso del celuloide en 16 mm resulta un recurso que, además de aportar el aire retro, imprime un carácter: la propia materia resulta parte esencial de la obra y subraya el vídeo como objeto atemporal y artesano. ![]()























