Resulta cuanto menos curioso el papel del videoclip en la maquinaria de promoción de nuevos artistas. Lana del Rey aún no tiene álbum oficial y ya ha generado tanto ruido en internet como cualquier artista mainstream. Sin entrar en las claves de cómo se lanza a una nueva estrella, el caso que nos ocupa, el del vídeo promocional, es digno de análisis. Una compañía apuesta por un artista y se pone encima de la mesa el presupuesto suficiente para que un vídeo suyo genere visibilidad en la red. Pueden pasar dos cosas: que alguien haga lo de siempre o, por supuesto, que la apuesta al otro lado de la cámara la recoja alguien con el buen gusto de Yoann Lemoine. Todos salen ganando si pasa esto.
Vídeos como este nacen de la necesidad promocional, sí, son industria pura y dura. Pero detrás hay una necesidad de expresión más allá del negocio. No se puede dejar pasar que se ha creado un universo cerrado y que la visión de un artista ajeno al estudio de grabación ha salpicado y elevado el producto hasta el punto de haber generado imágenes icónicas que perseguirán al artista para siempre. En este caso, a una narrativa, como ya se intuía en “Iron”, sencilla en su discurso narrativo, pero espectacular en su ejecución: Lana y dos tigres en un altar en una iglesia rozando el barroco francés tardío (¿Fontainebleau?), lenguaje audiovisual clásico, iconografía yanqui pasada por la batidora y la serenidad de una mirada profundamente europea y, sí, con el típico romance de videoclip, pero con un punto de giro alegórico final. ![]()







