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ÁLBUM (1984)

ALASKA Y DINARAMA Deseo carnal

Hispavox
ALASKA Y DINARAMA, Deseo carnal
 

Elegido en el puesto 5 en la lista de los 100 mejores discos españoles del siglo XX en el especial del 20 aniversario de Rockdelux, “Deseo carnal” (1984) es un pedazo importantísimo de la historia de nuestro pop en la década de los ochenta; probablemente, el más relevante de todos o, por lo menos, el más popular. Fue un álbum hecho en estado de gracia que, desde su aparente levedad, se erige como un tratado sobre el amor, la dependencia y la soledad sin recurrir a coartadas intelectuales. Juan Cervera escribió esta extensa y lúcida crítica.

Veinte años, que a veces no son nada, en el mundo del pop pueden significar bastante más que toda una vida. Arte efímero, dicen, son pocos los artefactos que permanecen indemnes al paso del tiempo: la fosa común de la historia de la música pop está repleta de cadáveres exquisitos que nadie recuerda, de productos de temporada que brillaron con fuerza durante unos instantes para después ser engullidos por la máquina mortal del olvido. No es el caso de “Deseo carnal”: los treinta y seis minutos fijados en los estudios Hispavox de Madrid hace ahora dos décadas siguen tan pimpantes y lozanos como el primer día. Un logro aplicable a muy pocas de las creaciones envasadas en fechas similares, tiempos de euforia capitalina o de resaca posmovida: ambas visiones son válidas; muchas veces, cuando los protagonistas ya están de vuelta (o en otra dimensión), los destellos llegan a iluminar los bares y las calles imitando el último y majestuoso gesto de las estrellas moribundas...

El camino hasta “Deseo carnal” no fue, ni mucho menos, un lecho de rosas. En un flashback revisado docenas de veces, hay que situarse siete años antes, en 1977, cuando lo que sería Kaka de Luxe empieza más o menos a tomar cuerpo en las calles de Madrid: el encuentro entre la mejicana emigrada Olvido Gara (Alaska, en una reverencia al “Berlin” de Lou Reed) y Fernando Márquez (El Zurdo) con Ignacio (Nacho) Canut y Carlos (García) Berlanga. Modernos “viajados” y sin especiales estrecheces económicas, forman –con la comparecencia de Enrique Sierra, Manolo Campoamor y Pablo Beneyto– Kaka de Luxe dispuestos a emular las hazañas de sus admirados Ramones y Sex Pistols. Un proyecto imposible en un entorno, España, poco receptivo a saludar con alborozo revoluciones musicales con la transgresión y el cachondeo como condimentos fundamentales.

En su breve existencia, Kaka de Luxe llegaron a quedar segundos en el concurso de rock Villa de Madrid de 1978 y registraron doce canciones; únicamente cuatro verían la luz en su momento (para acceder a todas las “Canciones malditas” habría que esperar hasta 1983). Suplían su falta de pericia técnica con cucharadas de ironía, imaginación sin refinar y mucha cara. Su apropiación del punk, tosca y refrescante –en las antípodas de Ramoncín, el punk semioficial de la época–, venía con algo fundamental: personalidad. No se limitaban a adaptar miméticamente lo foráneo: lo implantaban en su entorno creando un híbrido anglo-castizo de ángulos rudos pero de fondo muy, muy sugerente. “La pluma eléctrica”, “Rosario” / “Toca el pito” o “Pero qué público más tonto tengo” todavía no han perdido ni un gramo de su ingenuo desafío, de su vivificante ozono. Una pequeña revolución, casi silenciada en su momento, pero con cuyas ruinas se construyeron algunos de los pilares más sólidos del moderno pop-rock español del último cuarto de siglo: Sierra pasó a Radio Futura, El Zurdo a La Mode –con breve parada en Paraíso– y Alaska, Canut & Berlanga –con Ana Curra y Eduardo Benavente– se transformaron en Alaska y Los Pegamoides, un proyecto (casi) personal de un Berlanga dispuesto a aplicar las enseñanzas de Andy Warhol sobre el arte de consumo y a salpicar con su fina cultura mitómana el repertorio de canciones que bullían en su cabeza.

Alaska tenía la imagen, una ventaja añadida para la estrategia de filtrar consignas más o menos subversivas en el mercadeo de los grandes medios de masas. Pero la nave Pegamoides no iba a navegar con la placidez esperada, especialmente debido a las difíciles relaciones del quintento con la compañía discográfica y a los vaivenes sobre la orientación definitiva del proyecto. Habría que esperar hasta 1980 para que Hispavox editara el sencillo de “Horror en el hipermercado”. Un año más para tener plastificado “El bote de Colón”. Y otro para que el LP, irónicamente bautizado “Grandes éxitos” (1982), estuviera en la calle. Cuando “Bailando” empezaba a contaminar las ondas hertzianas de la piel de toro, el grupo ya casi era historia.

 
ALASKA Y DINARAMA, Deseo carnal

Tras unos escarceos frustrados con Ana Díaz (esposa de Pito, el mánager), luego Ana D, reapareció Alaska. Foto: Javier Vallhonrat

 

Demasiadas presiones, demasiadas vías de escape, demasiada indefinición: entre la discoteca de colores y la gruta siniestra, entre The B-52’s y Bauhaus, entre las ojeras y las plataformas. Resultado: Benavente y Ana Curra se concentran en Parálisis Permanente (él fallecería en un accidente automovilístico el 14 de mayo de 1983), y Berlanga, cada vez más en sintonía artística y personal con Canut, activa Dinarama. Alaska, desilusionada por los fiascos de Kaka de Luxe y Pegamoides, entra en una etapa de introspección y no sabe si lanzarse en solitario o empezar a encajar las piezas de otro proyecto grupal. El destino (o la casualidad) la dirigiría finalmente a completar el sólido triangulo Berlanga-Canut, al que le faltaba un vértice.

En 1982 la movida estaba, de cara al gran público, en su punto de máximo hervor, Madrid mataba y su cultura de la nueva modernidad había saltado de los cenáculos privados a la prensa y la televisión. Pedro Almodóvar ya reinaba en su “Laberinto de pasiones”, Paloma Chamorro estaba a punto de estrenar ‘La Edad de Oro’ y Andy Warhol llegaría en enero de 1983 a la capital para bendecir con su melena plateada a todos los aspirantes al púlpito de la (efímera) inmortalidad. Cosas del dinero (o de la indolencia), el prestidigitador albino acabaría firmando la portada para un disco de... Miguel Bosé.

Tras unos escarceos (frustrados) con Ana Díaz (esposa del mánager de la troupe Ignacio “Pito” Cubillas, futura ejecutiva en Virgin, luego en Los Chatarreros de Sangre y Cielo de Corcobado, finalmente Ana D) como vocalista, Alaska ocupa su trono en Dinarama. En la primera mitad de 1983 se empieza a grabar el álbum de debut, “Canciones profanas”, acreditado a Dinarama + Alaska por imposición de Hispavox. Para no variar, los problemas se reproducen: el disco se registra con Berlanga cumpliendo el (obligatorio) servicio militar y las canciones se alejan de la idea inicial de su autor. Ángel Altolaguirre, admirador de los Stooges y del garage más bestia, guitarrista en sustitución del soldado, toma el control del sonido y este se escora, irremediablemente, hacia una onda más rockera y siniestra de la deseada por Berlanga. Todo el disco está impregnado de efluvios esotéricos, lúgubres y oscuros, pero en canciones como “Perlas ensangrentadas”, “Rey del glam” o “Deja de bailar” se adivinan con meridiana claridad las intenciones berlanganianas, esa concepción de pop cosmopolita y hedonista, inteligente y comercial, elegante y frívolo que amalgama referencias de distintos ámbitos –música, cine, literatura– en cápsulas sonoras de efecto inmediato. El “chochonismo ilustrado” o cómo ser una estrella en un país de catetos.

Cumplidas sus obligaciones castrenses, con Altolaguirre despedido y en un clima de relaciones (amorosas y sexuales) paralelas, condimentado con drogas a granel, Berlanga & Canut encaran la grabación del siguiente paso de Dinarama, “Deseo carnal”. La resonancia de la movida y de algunos singles del álbum anterior hacen que Hispavox, por medio de Pito, sea receptiva a las propuestas de la banda. Querían un productor de cierto renombre, extranjero (algo insólito en esos momentos), y se tanteó a Zeus B. Held (entonces disfrutando del éxito de Dead Or Alive) y a Stock, Aitken & Waterman, pero sus tarifas les hicieron desistir. Finalmente se llegó a un acuerdo con el británico Nick Patrick: en su currículo, asistente de producción en “Music Of Quality And Distinction Volume One”, de Heaven 17 –enmascarados como British Electric Foundation–, una colección de clásicos pasados por el tamiz tecno-pop y con vocalistas invitados como Tina Turner, Sandie Shaw, Gary Glitter o Billy Mackenzie; más tarde, su nombre estará ligado a cierta jet pop y world music con trabajos para Mory Kanté, Gypsy Kings o Luz Casal. Patrick, más modesto en sus pretensiones, se instala en Madrid en el verano de 1984 para dirigir la grabación. La repercusión mediática de Olvido lleva a lo inevitable: ahora son Alaska y Dinarama. Luis Miguélez, recién llegado de León a la nueva meca de la modernidad, integra su guitarra (y su look: quería ser una estrella; y en eso sigue todavía, ahora con Glamour To Kill) en la banda.

Las canciones de “Deseo carnal”, rodadas en directo, iban a transformarse radicalmente con los arreglos de cuerda y viento firmados por Tom Parker, un derroche también poco usual en aquel momento. Hispavox se niega a financiar el “maquillaje” final, y el grupo decide pagarlo de su bolsillo. Marchan a los estudios Odyssey de Londres para registrar los arreglos y hacer la mezcla definitiva en los estudios Utopia, también en la capital británica. Quedaba la parte estética, el envoltorio: sería una impactante fotografía en blanco y negro de Javier Vallhonrat con Alaska abrazada, orgullosa, a un musculoso macho desnudo. “El blanco y negro es mejor para los músculos”, declaraba Nacho Canut a Miguel Ángel Arenas en Rockdelux 1 (noviembre de 1984). La imagen se convirtió en un icono gay en unos tiempos donde la mercadotecnia homosexual todavía no había descubierto su arrollador potencial de consumo.

 
ALASKA Y DINARAMA, Deseo carnal

La alternancia de voces de Alaska, que tenía la imagen, con Carlos Berlanga fue clave en el éxito del disco. Foto: Javier Vallhonrat

 

Pero la escena pop española no estaba preparada para el desafío de “Deseo carnal”. Reivindicar a Chic, el sonido Filadelfia, la música disco o los boleros provocó entre parte de la “inteligencia” del momento castañeo de dientes y desplantes varios. Para algunos, los transgresores Pegamoides se habían vendido a la comercialidad y a lo chabacano. No entendieron nada. Solo con repasar la obra anterior de Berlanga/Canut/Alaska se habrían dado cuenta de que todo lo que floreció en “Deseo carnal” ya se había ensayado, con menor fortuna, en canciones como “La tentación”, “Bailando”, “Perlas ensangrentadas”, “La tribu de las Chochoni”, “Crisis” o “Club de egipcios”. Dinarama desbordaban torrencialmente los estrechos cauces del pop made in Spain, incluso en un momento en que Madrid se vendía como la alternativa a Londres y Nueva York. Berlanga lo tenía claro: “Ahora mismo escandaliza más meter violines y trompetas que hacer música siniestra. El punk está asimilado por la sociedad, pero el sonido Filadelfia todavía no se ve bien” (Rockdelux 1, noviembre de 1984).

El otro gran paso adelante de “Deseo carnal” está en las letras. Canut, quien por entonces había descubierto la dulzura y el amargor del amor, se dedica a diseccionar con pluma afilada los sinsabores de las relaciones sentimentales. Violines y venganza: “Cómo pudiste hacerme esto a mí”, uno de los inicios más gloriosos e inolvidables de cualquier álbum español. De cualquier época. La alternancia de voces entre Carlos y Alaska, las filigranas de las cuerdas, la precisión de la melodía, la depuración de la letra (“Ella no quiso ni mirar / nunca daría marcha atrás / una y no más Santo Tomás”)… Un cortometraje clásico de celos, engaño y castigo comprimido en tres minutos y medio de pop químicamente puro. En la misma línea, “Ni tú ni nadie” –¿una reafirmación anticipada frente a las críticas que recibirían?– y “Un hombre de verdad”, con Alaska en falsete suplicando, sin dudar, su necesidad de encontrar un caballero con lo que hay que tener. Solo esta tríada, que encabezaron los tres maxi-singles extraídos del disco, ya justificaría todo el minutaje. Pero hay más. “Isis” mantiene el interés por lo esotérico, “Solo por hoy” flota entre teclados, redobles y la guitarra orgullosa de Miguélez. “Falsas costumbres”, con las voces dobladas y los coros ingenuos, habla, con placidez, del fatalismo ¿amoroso o narcótico? (“Mientras tanto seguía pensando / en el tiempo perdido en pensar / en el tiempo que pierdo / Resultó ser un juego inocente / que atrapa al que gana / y destruye al que pierde”). “La decisión” y “Víctima de un error” rebajan el listón (las melodías no son especialmente memorables, la resolución musical es previsible, más en la segunda), pero “Deseo carnal”, la canción, y “Carne, huesos y tú”, el cierre, son dos cartas ganadoras. La primera, un bolero que hace arte del reciclaje; y la segunda, una subyugante historia de muerte (“Él sí que lo sabe / pero no habló / Tú lo callaste con resignación / A veces pienso que el enterrador / sube los precios sin ton ni son”) que flota como una nana de ultratumba.

“Deseo carnal” expone, desde su aparente levedad, un exacto tratado sobre el amor y otras calamidades, sobre la dependencia y la soledad. Su triunfo: hacerlo recurriendo a una fórmula universal, en su equilibrio justo, sin recurrir a aparatosas coartadas intelectuales. No todos lo vieron así. José María Rey, desde el número 3 de Rockdelux (enero de 1985), se dedicó a despellejar el álbum y todo lo que significaba en un panfleto titulado “Repulsa carnal” donde, entre otras cosas, no dudaba en afirmar que “Dinarama han pasado de ser un grupo ingenioso a ingeniárselas para participar activamente en esa banda sonora de la trepidación gratuita que anestesia la deshumanización cotidiana”. También: “Animado de desarreglos orquestales y los violines más casposos de la peor época Algueró-Trabucchelli, apenas llega a vislumbrar anteriores destellos y transcurre, salvo cortes aislados, en una lamentable insipidez”. Al público, por supuesto, no le importó la caspa: “Deseo carnal” convirtió a Alaska y Dinarama en superventas; consiguieron, de largo, sus quince minutos de fama y paladearon a gusto la sensación de ser ricos y famosos. Futilidades warholianas al margen, la sociedad Berlanga/Canut alcanzó aquí su Everest. Posteriormente, solo rozaron esta cima en dos ocasiones: Berlanga (fallecido el 5 de junio de 2002) en solitario, con “Indicios” (1994), y Canut & Alaska, ya como Fangoria, en “Una temporada en el infierno” (1999).

Sociológicamente, “Deseo carnal” merecería todo un estudio aparte para explicar cómo un álbum eminentemente (aunque no explícitamente) gay se filtró en el grueso de la sociedad española, una sociedad que, con buen criterio, “entendió” más allá de los círculos de iniciados.

Este pináculo del pop español espera y necesita una reedición en toda regla. Está disponible en CD desde 1988, pero sin anotaciones ni los temas extra que acompañaron a los maxis. Recuperar las portadas de esos maxis –Alaska a lo Gloria Swanson en “Cómo pudiste hacerme esto a mi”, los efebos en calzoncillos, casi a lo “Flesh + Blood” de Roxy Music pero en homo, de “Un hombre de verdad”– también sería un acto de justicia poética hacia una obra que, contra todo pronóstico, repele el polvo del tiempo y el olvido y reluce con la brillantez de lo único y excepcional.

“Cómo pudiste hacerme esto a mí”.

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