La historia de la lituana Alina Orlova, nacida en Visagina en 1988, forma parte de los pequeños milagros de la globalización. Es pintora, poeta, fotógrafa, pianista y vocalista afiliada a la religión de las temerarias amantes del vibrato, esa secta para elegidas que tiene a Kate Bush como suma sacerdotisa. Antes de cumplir los 20 años, grabó una maqueta que se amplió hasta completar las dieciséis canciones de su primer álbum, “Laukinis suo dingo” (2008). Fran Healy, de Travis, incluyó uno de esos temas, “Vaiduokliai”, en el EP de “nuevas promesas” “Play. Stop. Rewind” (2008). Mientras, ella actuaba en el festival francés Europavox de Clermont Ferrand.
Dos años después, y tras pasar por Le Printemps de Bourges (a las cuatro de la tarde, eso sí), Fargo reedita el álbum. Su exotismo y el afán apropiacionista de la cultura francesa juegan a su favor. Canta en ruso (su lengua materna), lituano e inglés. Sus mejores canciones (“Vaiduokliai”, “Zeme sukis greitai” y “Lijo”) recogen los melancólicos vientos del este humedecidos por las lágrimas klezmer del violín y el acordeón. El título del disco está tomado del libro infantil “Dingo o historia de un primer amor” del ruso Ruvim Fraerman (1891-1972). Además, conecta vía banjo con la sensibilidad del indie folk. Algunos se sueltan el pelo y se imaginan a Frida Hyvönen, las CocoRosie y Regina Spektor (¡) en el regazo de Kate Bush.
De acuerdo, Alina Orlova tiene sus momentos, pero aún ha de resolver su falta de personalidad al piano y su inocencia cuando se pone moderna. Y sobre todo debería aprender a administrar el maldito vibrato. ![]()


























