Antony Hegarty es un artista que atesora y administra, como sus viejos mentores David Tibet, Marc Almond y Lou Reed, raudales de talento, misterio y ambivalencia. Sin embargo, tengo la impresión de que el pícnico de la melena y los gorgoritos empiezan a cansar a más de uno. Es lo que pasa cuando se idealizan tanto las cosas. Pero también tengo la convicción de que no es momento para hablar de decadencia. Al contrario, el cuarto disco de Antony es solo el nuevo capítulo de una obra maestra mayor: la carrera musical de esta versión posmoderna de caballero inglés en Nueva York.
Egoístamente me hubiese gustado un cambio de registro (pop electrónico, por ejemplo). Pero Antony, infatigable explorador del arroyo metafísico, amante de la naturaleza y de la transmutación del mal, va a la suya, y prefiere reaparecer con su habitual androginia, arabescos vocales (un cruce imposible entre Alison Moyet y Arthur Lee), piano, armonio, magníficos arreglos de cuerdas y vientos, letras de infalible factura y menos contrastes extremos que antes, la voz de Björk (otra persona legítimamente preocupada por el medio ambiente) en “Flétta” y once temas hipnóticos, más atmosféricos que nunca, de una música de cámara que ennoblece el legado de Scott Walker, Peter Hammill y heterodoxos similares. Sinceramente, no se puede pedir más. Él ya te lo da. ![]()


























