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ÁLBUM (2009)

ANTONY AND THE JOHNSONS The Crying Light

Secretly Canadian-Rough Trade-Popstock!
ANTONY AND THE JOHNSONS, The Crying Light
 

Los diamantes son para la eternidad, aunque a veces su salida a la luz del día sea lenta y lleve su tiempo. Antony Hegarty tiene una voz que es una mina y aunque nadie daba un duro por ella en la época en que pululaba por la corte de David Tibet y demás iluminados del lado oscuro-místico del underground británico, fue cuestión de timing y de cordura que el mundo pusiera el oído en marcha y cayera rendido a sus pies.

Muy pocos pueden poner la mano en el fuego y afirmar que fueron abducidos cuando “Antony And The Johnsons” (2000) salió a la calle; hubo que esperar a la reedición de Secrety Canadian en 2004 para soltar la lágrima y abrir la boca en plan bobo alucinado. Ahí había música de cámara decadente y hermosa, guiada por un Antony en estado de gracia, príncipe andrógino que parecía escapado de un sueño húmedo del Billy Corgan más dopado.

Un debut que invitaba a pedir el carnet para entrar en la corte de los Johnsons, algo que hicieron miles y miles de acólitos cuando “I Am A Bird Now” (2005) empezó su conquista del mundo, confirmación de que había nacido una estrella que sabía extraer oro sonoro del pozo más fangoso de la condición humana. Y con el bonito detalle de acordarse de la pobre Candy Darling, difunta/o superstar de la Factory warholiana que ilustró el artwork de un disco-operación (cameos de Lou Reed, Marc Almond, Boy George, Rufus Wainwright, Devendra Banhart...) que retumbó muchísimo más, me temo, de lo esperado por los propios interesados. Se llevó hasta el Mercury Prize británico, dejando con un palmo de narices a, entre otros, Bloc Party, M.I.A., Coldplay, Maxïmo Park y Kaiser Chiefs, y entregó, como mínimo, dos clásicos instantáneos: “You Are My Sister” y “Hope There’s Someone” (el mío particular es “Man Is The Baby”).

Antony se encontró, casi de la noche a la mañana, convertido en el nuevo ídolo de esa “vanguardia de la modernidad” capaz de generar tendencias a golpe de suplemento dominical y del típico de boca en boca del cotilleo trendy. Pobre: de los garitos de travelos de Nueva York a las páginas del ‘Vogue’. Para volverse loco. Pero no: por aquí se pudo comprobar, por una vez en el momento justo, que el británico era una peculiar bestia de escenario, que disfrutaba exponiendo sus miserias poéticas y que el hype, de haberlo, le importaba un rábano.

 
ANTONY AND THE JOHNSONS, The Crying Light

Pobre: de los garitos de travelos de Nueva York a las páginas del ‘Vogue’. Para volverse loco. Pero no. Foto: Don Felix Cervantes

 

Montones de colaboraciones después –la más sonada, su transmutación en la disco diva de Hercules And Love Affair con el pepinazo de “Blind” del año pasado– llega la definitiva prueba del algodón... y ni rastro de manchas. “The Crying Light” (2009) es el disco de un Antony que, afortunadamente, no ha abandonado las penumbras de su pequeño cuarto creativo para dejarse achicharrar por las llamas del éxito, un disco más equilibrado que el anterior que refuerza la vía de la calma para hablar, una vez más, de amor y naturaleza como sinónimos de vida y humanidad.

De nuevo una entrega breve en duración, pero intensa en emociones. Con el piano como espina dorsal y con el gran acierto de acudir a Nico Muhly para construir unos majestuosos arreglos orquestales que jamás se apoderan de la canción, pero que saben acunarla con la precisión necesaria para acentuar el drama. Un prodigio, Muhly, socio ideal de un Antony en plena exhibición vocal que se comporta como esos grandes actores que saben encontrar el punto justo para eludir la sobreactuación, la gran trampa que siempre acecha al cantante y que hasta ahora ha sabido evitar con éxito. Sus lamentos erizan el vello, su fraseo masajea, su garganta expulsa soul extraño y doloroso: Jimmy Scott lanzando señales desde una galaxia lejana.

El álbum parece una continuación de “Bird Gerhl”, el corte que cerraba el disco anterior. Opta por el melodrama sin aparatosidad, por los grandes momentos para guardar en el bolsillo, por el bigger than life hecho en soledad. “The Crying Light” es el gran teatro del mundo filtrado por la mirada de un ser en permanente mutación, un artista que todavía cree que la música puede ayudar a comprendernos y a comprenderle. Música labrada con tristeza y melancolía –el vals “Epilepsy Is Dancing” y la pop “Kiss My Name” son las únicas concesiones luminosas en un tono general sombrío– que suelta sus esporas poéticas para conquistar incruentamente los músculos del cerebro y el corazón. Monumentos como “One Dove”, “Another World” y “Daylight And The Sun” no se construyen todos los días. Aquitectura sólida de un artista apuntalando su camino hacia la eternidad.

“Kiss My Name”.

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