En el segundo álbum de Bedroom, Albert Aromir, con la valiosa ayuda de Frank Rudow (colabora en la grabación y en la batería), ofrece un sonido con más profundidad y arreglos, que acentúan el claroscuro en canciones brumosas como los bosques embrujados que parecen inspirar el disco. Su folk tiene una cierta oscuridad sonámbula cantada entre la pereza recostada de Sr. Chinarro cuando grababa en Acuarela y los nebulosos recitados de Nacho Vegas (“Cabana negra” es una estupenda pieza de folk ibérico). Su intimismo no pierde la levedad minimalista, no obstante. “Aquest és el mateix mar” es tan frágil que parece romperse a cada instante, aunque logra inflar el espacio en emocionantes crescendos como los de Phil Elvrum, cuyo folk naturalista es una de las influencias más notables del disco.
La maravillosa “Ball de la mort” tiene el espíritu de The Microphones y Mount Eerie, al igual que “Cames blanques” y la soberbia “El fum blanc”, que consigue intensidad recurriendo a la profundidad del vacío y la percusión como Elvrum. Otras veces es el sutil dibujo armónico el que conmueve, como en “Els nens soldat”, con preciosas pinceladas de guitarra acústica, piano y trompeta. Hasta en la ligereza del susurro consigue hechizar con una intensa belleza tan emocionante que recuerda a Tram (“Dona de foc” es un temazo, con melodía pegadiza como las que también lucen en “Boig del cavall” y “Cancó de l’alba”). Un disco extraordinario en forma y contenido, con un sorprendente número de canciones memorables. ![]()


























