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ÁLBUM (2011)

BILL CALLAHAN Apocalypse

Drag City-Popstock!
BILL CALLAHAN, Apocalypse
 

Lo tiene. El genio. El talento. El mojo. La intuición. La gracia. La excepcionalidad. Parecía que Mr. Bill Callahan había escalado su cima particular, que ya no podía subir más, con el extraordinario “Sometimes I Wish We Were An Eagle” (2009). Pero resulta que no: aquí está, manteniendo el tipo, sin arrugarse. “Apocalypse” no supera esa obra maestra, pero tampoco baja el listón. Bill ha encontrado el perfecto equilibrio que le permite firmar trabajos maduros y serenos con turbulentas corrientes subterráneas. Los mínimos elementos utilizados con sentido para obtener el máximo rendimiento. Su voz (ESA voz) en primer plano, guitarras eléctricas que reptan, desaparecen y emergen de nuevo como llamaradas furiosas, aquí un violín, allá una flauta...

“Apocalypse” hace una magistral utilización del espacio sonoro, de la reverberación, del eco, de la percusión repetitiva y obsesiva (pero modesta; gran Neal Morgan), de los arreglos espartanos que colocan con precisión cada nota y cada frase. La matemática estricta de una partida de ajedrez sin que el conjunto suene encorsetado ni frío. “Apocalypse” fluye, respira, bulle, palpita. Las canciones son largas: cinco de las siete superan los cinco minutos, la última sobrepasa los ocho. No es capricho: las composiciones de Callahan exigen su tiempo y su espacio para encontrar la luz determinante, el calor y el color perfecto, el tono.

Aquí reformula de nuevo el mito del paisaje norteamericano con trotones ritmos tostados de country (“Drover”), hace malabarismos con migajas de funk y solos de guitarra obsesivos (“America!” y sus mitos –Kristofferson, Cash– y sus guerras), se deja empapar por un fina llovizna (de arena) africanista en “Riding For The Feeling” (con final que evoca a la seda ochentera del último Destroyer) o salta con cuerdas de bossa, silbidos y flauta en “Free’s”. El piano de Jonathan Meiburg (Shearwater) pinta trazos gospel en la final “One Fine Morning”. Y se hace el silencio, un silencio que multiplica el efecto de lo escuchado previamente, que rebota en la sangre y en la memoria. Callahan –como Reed, como Waits, como Dylan– es dueño de esa sabiduría excepcional que consigue que las palabras multipliquen su significado, juega con las sílabas, las rompe y las recompone, las saborea y las estrangula, las acaricia y las muerde: un ilusionista del verbo, un encantador de palabras.

En el ya lejano septiembre de 2003, cuando fue portada de esta revista, se afirmaba sin complejos: “Ya entre los grandes”. ¿Alguien lo duda?

“Riding For The Feeling”.

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