Lo tiene. El genio. El talento. El mojo. La intuición. La gracia. La excepcionalidad. Parecía que Mr. Bill Callahan había escalado su cima particular, que ya no podía subir más, con el extraordinario “Sometimes I Wish We Were An Eagle” (2009). Pero resulta que no: aquí está, manteniendo el tipo, sin arrugarse. “Apocalypse” no supera esa obra maestra, pero tampoco baja el listón. Bill ha encontrado el perfecto equilibrio que le permite firmar trabajos maduros y serenos con turbulentas corrientes subterráneas. Los mínimos elementos utilizados con sentido para obtener el máximo rendimiento. Su voz (ESA voz) en primer plano, guitarras eléctricas que reptan, desaparecen y emergen de nuevo como llamaradas furiosas, aquí un violín, allá una flauta...
“Apocalypse” hace una magistral utilización del espacio sonoro, de la reverberación, del eco, de la percusión repetitiva y obsesiva (pero modesta; gran Neal Morgan), de los arreglos espartanos que colocan con precisión cada nota y cada frase. La matemática estricta de una partida de ajedrez sin que el conjunto suene encorsetado ni frío. “Apocalypse” fluye, respira, bulle, palpita. Las canciones son largas: cinco de las siete superan los cinco minutos, la última sobrepasa los ocho. No es capricho: las composiciones de Callahan exigen su tiempo y su espacio para encontrar la luz determinante, el calor y el color perfecto, el tono.
Aquí reformula de nuevo el mito del paisaje norteamericano con trotones ritmos tostados de country (“Drover”), hace malabarismos con migajas de funk y solos de guitarra obsesivos (“America!” y sus mitos –Kristofferson, Cash– y sus guerras), se deja empapar por un fina llovizna (de arena) africanista en “Riding For The Feeling” (con final que evoca a la seda ochentera del último Destroyer) o salta con cuerdas de bossa, silbidos y flauta en “Free’s”. El piano de Jonathan Meiburg (Shearwater) pinta trazos gospel en la final “One Fine Morning”. Y se hace el silencio, un silencio que multiplica el efecto de lo escuchado previamente, que rebota en la sangre y en la memoria. Callahan –como Reed, como Waits, como Dylan– es dueño de esa sabiduría excepcional que consigue que las palabras multipliquen su significado, juega con las sílabas, las rompe y las recompone, las saborea y las estrangula, las acaricia y las muerde: un ilusionista del verbo, un encantador de palabras.
En el ya lejano septiembre de 2003, cuando fue portada de esta revista, se afirmaba sin complejos: “Ya entre los grandes”. ¿Alguien lo duda? ![]()


























