El gran saxofonista Lester Young la bautizó con el cariñoso apodo de Lady Day. Ella, Billie Holiday (1915-1959), le puso el de Pres. Eran los días felices, los últimos años treinta y los primeros cuarenta, cuando Billie Holiday deslumbraba con su voz sensual de corneta y su fraseo aún inigualado junto a Lester Young, Benny Goodman y otros grandes solistas en las mejores orquestas. Días en que Holiday, la mujer que hizo de la voz un instrumento más dentro del jazz, la que elevó la interpretación de canciones intrascendentes a la categoría de arte, era todo lo feliz que podía ser una mujer con su pasado. Una infancia marcada por el rechazo, la prostitución y los abusos no había sido suficiente para desanimar su vocación por la música.
En los años treinta la joven Billie Holiday era la reina del jazz. No hacía proezas vocales como el scat, pero su voz, flexible como un gato, jugaba con cada sílaba como si la hubiese escrito de su puño y letra. Para alcanzar el éxito, Billie tuvo que aguantar todo tipo de humillaciones por su doble condición de mujer y negra. Obligada a entrar por la puerta de servicio en los locales donde actuaba, estafada por empresarios y discográficas, Billie Holiday se metió a fondo en la heroína y en el alcohol, en una carrera hacia la muerte acelerada por el acoso de la policía antidroga y por su propia tendencia a las relaciones sentimentales destructivas.
La Billie Holiday de los años cincuenta, a pesar de su fama, no era, ni de lejos, la de los días felices. Su voz había perdido elasticidad, volumen y timbre. Pero mientras sus cualidades vocales desaparecían, crecía su magnetismo, que alcanzaba gigantescas proporciones en “Lady In Satin”, el disco más controvertido de su carrera. Para algunos, es un trabajo sin el menor mérito artístico, y disfrutarlo es casi como regocijarse en la miseria de una mujer en declive. Para muchos, es una de las grabaciones más sobrecogedores jamás oídas.


























