×

USO DE COOKIES

Este sitio web utiliza Cookies propias y de terceros, para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios, para mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias, así como analizar sus hábitos de navegación. Si continua navegando, supone la aceptación de la instalación de las mismas. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web.

Aceptar Cómo configurar

Cargando...
 

ÁLBUM (2015)

BJÖRK Vulnicura

One Little Indian-Popstock!
BJÖRK, Vulnicura
 

La ambición desmesurada que Björk siempre ha demostrado en la intersección entre la vanguardia y el pop ha hecho de ella la artista total que es, pero en los últimos tiempos la fijación por convertir su música en un vehículo de ideas inabarcables había desvitalizado sus discos, desposeyéndolos del poder de germinar emociones reconocibles y aislándolos en sus propias aspiraciones conceptuales. Ocurrió con “Volta” (2007) y el desafío multimedia de “Biophilia” (2011), ambos loables desde un punto de vista teórico y formal por su curiosidad, atrevimiento y vocación transversal, pero fallidos.

El impulso de transferir su pasión por el conocimiento y su visión sobre la naturaleza a través de sus canciones –utilizando la deriva continental o el contagio de un virus como metáforas sobre el amor– llevó a Björk a tratar los sentimientos como abstracciones, fuera de una escala humana, apagando el pulso emocional de la versión más grata (y más íntima) de su música, la que amparó “Homogenic” (1997), “Vespertine” (2001) e incluso “Medúlla” (2004).

Como cualquiera de esos tres discos, “Vulnicura” se alimenta de la tirantez incesable entre el latido humano y los módulos de electrónica magmática. El recuerdo de “Homogenic” es el más persistente: igual que aquel, “Vulnicura” es un disco marcado por el duelo –nacido de la ruptura de Björk con el artista Matthew Barney–, mecido por el lamento de las cuerdas y sometido a una estética quirúrgica. Pero esta herida es más profunda y lacerante, y de ella ha brotado su material más visceral.

Björk ha registrado en estas canciones la degradación y el deceso del amor, el vacío insondable que lo sucede y la lucha por sobreponerse. Y lo ha hecho con una sinceridad, una generosidad y una valentía insólitas, exponiendo su vulnerabilidad y su propio proceso de cicatrización emocional, datando cada corte respecto al final de la relación y convirtiendo “Vulnicura” en una caja negra, algo que ella misma advierte en las primeras líneas de “Stonemilker”: “Moments of clarity are so rare / I better document this”.

En el plano sonoro, el mayor aliciente está en la implicación de Alejandro Ghersi (Arca) en la producción y la composición de casi todos los cortes, así como en el trabajo de Bobby Krlic (de The Haxan Cloak) en las mezclas. Pero Ghersi –que ha reconocido haber crecido bajo el influjo de Björk– se arrodilla ante el mito, y esa pleitesía le impide explotar todo su potencial, fabricando un tejido rítmico fundible y macizo al mismo tiempo, aunque desligado de las partes orquestales y recurrente (tanto que por momentos parece una celebración del pasado musical de Björk).

Aun así, la compenetración entre Björk y Ghersi deja momentos de absoluta inspiración, como la asoladora “History Of Touches” o los ritmos sordos que toman “Black Lake”, el centro de gravedad del álbum y lo más desgarrador que Björk ha cantado nunca.

“Black Lake”.

Arriba