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ÁLBUM (2002)

BOARDS OF CANADA Geogaddi

Warp
BOARDS OF CANADA, Geogaddi
 

Ramón Ayala escribió esta crítica en el especial del 25 aniversario de Rockdelux, revista donde seleccionamos los 100 mejores álbumes internacionales de la primera década del siglo XXI. El abstracto y malrollista “Geogaddi” (2002), electrónica entre el folk, la psicodelia y el hip hop, ocupó el puesto 60.

Con Boards Of Canada hay que posicionarse. No te puede gustar todo. “Music Has The Right To Children” (1998) es inocente y demasiado apegado al trip-hop por momentos. No quema. Y “The Campfire Headphase” (2005) es una obra hippy con los temas desligados unos de otros (para eso hay que decantarse por el EP “Hi Scores” de 1996; mucho más contundente).

Pero “Geogaddi” es una obra enorme por la cantidad de capas y lecturas que ofrece. Puede ser un disco de folk electrónico (si Nick Drake o Donovan hubiesen tenido secuenciadores), puede ser un manifiesto de frecuencias analógicas, un trozo de psicodelia arrancado de películas de Jodorowski, el hip hop ritual de una secta, el conjunto de samples mejor paridos en Reino Unido de la década... Es un viaje en el que el color es importante, pero mucho. La analogía sería la de una película sin trama ni líneas definidas que hipnotiza en un principio, tiene un segundo acto aterrador y acaba definiendo el contorno de las cosas para relax del oyente. Un trip importante con un centro de gravedad oculto tras escuchas y escuchas a los auriculares. Es una obra malrollista que representa un fresco magmático y caleidoscópico de una cultura perdida. Como ficción funciona en la representación de un mundo mítico y terrible, y como documental podría ilustrar las andanzas de Charles Manson, David Koresh y la quema de brujas en el Flandes medieval. Aquí hay droga e investigación ufológica, fractales y secuencias matemáticas. Eso en apariencia. Porque, como ya hemos comentado, puede leerse como ficción o documental.

Los hermanos Michael y Marcus Eoin Sandison luego renegarían de esta obra calificándola de oscura. Pero precisamente por su riqueza poliédrica y tornasolada (un mismo pasaje puede resultar luminoso y acongojante según el día gracias al temblor de las frecuencias e imperfección buscada en el secuenciador) puede trascender a toda su obra. Con este disco demostraron que el trabajo desde la autarquía en búnkeres sigue siendo la opción más válida para sacar oro del plomo, para llegar a la consecución de las Obras Magnas.

“Music Is Math”.

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