En “The Freewhelin’ Bob Dylan” (1963), pese a ser el disco protesta por antonomasia, resplandece ya una inquietante actitud prepunk, teniendo en cuenta que para los Sex Pistols aún faltaba una década y media. Ráfagas apocalípticas y visionarias, pasajes bíblicos traídos al blues, un fraseo que taladra, unos versos que noquean, canciones irrepetibles como “Blowin’ In The Wind”, “Masters Of War”, “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”, un cantautor protesta que se sale del tiesto con caprichos (“Don’t Think Twice, It's All Right”), baladas de amor (“Girl From The North Country”) y un humor absurdo (“Bob Dylan’s Dream”, “Bob Dylan’s Blues”) del que carece la escena de Nueva York.
Preparando jugadas de mayor calado, “The Times They Are A-Changin’” (1964) no marca un paso estilístico. Si acaso, Dylan se vuelve más purista y, por tanto, más previsible. Canciones protesta pegadas a la actualidad –“Ballad Of Hollis Brown”, “The Lonesome Death Of Hattie Carroll”– se combinan con himnos antisistema como “With God On Our Side” y “Only A Pawn In Their Game”. El absurdo se ha evaporado, pero sigue habiendo chispa –“One Too Many Mornings”– y refinamiento –“Boots Of Spanish Leather”–.
En “Another Side Of Bob Dylan” (1964) demuestra lo variado que puede llegar a ser. Dylan expande su sonido, se vuelve endiabladamente imaginativo, con una poesía que atrapa por bella y desconcertante. Formalmente es folk, incluso la actitud, pero el resultado va más allá, lleva a otra parte. “All I Really Want To Do”, “I Don’t Believe You (She Acts Like We Never Have Met)”, “Chimes Of Freedom”, “My Back Pages” e “It Ain’t Me Babe” son una ventana abierta al nuevo universo dylaniano que está por llegar.
El lado eléctrico de “Bringing It All Back Home” (1965) –con la joya de la corona “Subterranean Homesick Blues”, casi hip hop– sirve en bandeja una descomunal descarga, “Highway 61 Revisited” (1965), con un Michael Bloomfield guitarreando como si el mundo fuera a acabarse y un Dylan mutante, a veces sabio, a veces cínico, a veces críptico, a veces bufón. Un forajido del folk cabalgando un caballo en llamas. Si estaba buscando el sonido mercurial, cualquier cosa que eso fuese, ya no andaba lejos. Desde el primer disparo –el aún escalofriante “Like A Rolling Stone”–, el disco no deja de sorprender, bien a través del folk-rock reflexivo (“Desolation Row”), el blues arrastrado (“It Takes A Lot To Laugh, It Takes A Train To Cry”) o el desparrame garagero (“Tombstone Blues”, “From A Buick 6”, “Highway 61 Revisited”). Mucho se ha especulado sobre las sustancias que tomaba entonces Dylan, pero hoy parece claro que la sustancia era él.