En esta misma revista, hace ya mucho tiempo, el siempre lúcido Félix Suárez firmaba una apreciación sobre los Sex Pistols que perfectamente podría aplicarse a Camarón. Afirmaba que tan mítica banda británica fue vista en su momento como la primera de una nueva era musical, pero acabó siendo todo lo contrario: el último mito rockero de una época que difícilmente volverá.
Del mismo modo, cuanto más lejos queda el prematuro fallecimiento de Camarón, más se define su papel en la historia. José Monge Cruz (1950-1992). El gran revolucionario, tan inimitable como mil veces imitado, rejuveneció el flamenco. Sin él probablemente hoy no sería un estilo vivo, vigorosamente vigente en el siglo XXI. Pero tampoco fue el primero, sino el último. A día de hoy, Camarón de la Isla es ante todo la última voz de un modo de entender el arte jondo condenado a desaparecer. Hace nada nos dejó Chocolate. Fernanda de Utrera, aunque todavía viva, está irremediablemente retirada. Alguno queda, sí, pero todos sensiblemente mayores de lo que ahora sería Camarón.
Como si de una frase hecha se tratara, se le cita habitualmente como “el mejor cantaor de todos los tiempos”. Lo cierto es que este tipo de sentencias a uno siempre le han parecido gratuitas. A tan vertiginosas alturas es absurdo poner un listón. Como suele decirse entre jaleos, hoy Camarón está cantando en el cielo, y junto a él Pastora Pavón, Manuel Torre, Manolo Caracol y otras deidades de la mitología calé.
Lo que sí es una verdad incontestable es que ningún otro ha dejado un legado discográfico tan valioso. En parte por los adelantos técnicos de la época en que vivió, y también por las compañías artísticas, generalmente payas, que jalonan la trayectoria de este mesías gitano. Por ello, esta nueva caja “Integral” es sin duda el mayor tesoro flamenco que puede adquirirse. Sus diecisiete discos más tres “rescates” póstumos: el publicitado “París 1987” (1999), el mejor aún “Antología inédita” (2000) y el reciente “Venta de Vargas” (2005), que recoge grabaciones de cuando era un adolescente acompañándose él mismo a la guitarra. En ellas ya estaban gran parte de sus futuras y más celebradas señas de identidad: el cante festero por bulerías convertido en tragedia, los tangos arrumbaos, la recuperación de los entonces tan denostados fandangos y una jondura seguiriyera inconcebible a tan tierna edad.


























