USO DE COOKIES

Este sitio web utiliza Cookies propias y de terceros, para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios, para mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias, así como analizar sus hábitos de navegación. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web.

Aceptar Cómo configurar

Cargando...
 

BOX SET (2005)

CAMARÓN DE LA ISLA Integral

Universal
CAMARÓN DE LA ISLA, Integral
 

Esta nueva caja “Integral” de Camarón es, sin duda, el mayor tesoro flamenco que puede adquirirse. Editada originalmente en 1999 y ampliada en 2005, contiene su discografía remasterizada y reeditada con amplios libretos. Sus diecisiete discos más tres rescates póstumos hacen de este box set un tesoro inabarcable. Porque oír hoy a Camarón álbum a álbum, cante a cante y tercio a tercio no es exhumar ningún cadáver. Ni estudiar antropología. Suena todavía moderno como ningún otro. Y también infinitamente más ancestral. Esta “Integral” da para meses, años tal vez, de escuchar el mejor flamenco y seguir descubriendo cosas a cada nueva audición. Fue escogida la mejor recopilación de 2005 en el Rockdelux 236. Luis Troquel repasó entusiasmado el mastodóntico legado del más grande, José Monge, Camarón (1950-1992), y lo explicó aquí pormenorizadamente. Debajo, “Romance del Amargo”, magisterio desde “La leyenda del tiempo” (1979).

En esta misma revista, hace ya mucho tiempo, el siempre lúcido Félix Suárez firmaba una apreciación sobre los Sex Pistols que perfectamente podría aplicarse a Camarón. Afirmaba que tan mítica banda británica fue vista en su momento como la primera de una nueva era musical, pero acabó siendo todo lo contrario: el último mito rockero de una época que difícilmente volverá.

Del mismo modo, cuanto más lejos queda el prematuro fallecimiento de Camarón, más se define su papel en la historia. José Monge Cruz (1950-1992). El gran revolucionario, tan inimitable como mil veces imitado, rejuveneció el flamenco. Sin él probablemente hoy no sería un estilo vivo, vigorosamente vigente en el siglo XXI. Pero tampoco fue el primero, sino el último. A día de hoy, Camarón de la Isla es ante todo la última voz de un modo de entender el arte jondo condenado a desaparecer. Hace nada nos dejó Chocolate. Fernanda de Utrera, aunque todavía viva, está irremediablemente retirada. Alguno queda, sí, pero todos sensiblemente mayores de lo que ahora sería Camarón.

Como si de una frase hecha se tratara, se le cita habitualmente como “el mejor cantaor de todos los tiempos”. Lo cierto es que este tipo de sentencias a uno siempre le han parecido gratuitas. A tan vertiginosas alturas es absurdo poner un listón. Como suele decirse entre jaleos, hoy Camarón está cantando en el cielo, y junto a él Pastora Pavón, Manuel Torre, Manolo Caracol y otras deidades de la mitología calé.

Lo que sí es una verdad incontestable es que ningún otro ha dejado un legado discográfico tan valioso. En parte por los adelantos técnicos de la época en que vivió, y también por las compañías artísticas, generalmente payas, que jalonan la trayectoria de este mesías gitano. Por ello, esta nueva caja “Integral” es sin duda el mayor tesoro flamenco que puede adquirirse. Sus diecisiete discos más tres rescates póstumos: el publicitado “París 1987” (1999), el mejor aún “Antología inédita” (2000) y el reciente “Venta de Vargas” (2005), que recoge grabaciones de cuando era un adolescente acompañándose él mismo a la guitarra. En ellas ya estaban gran parte de sus futuras y más celebradas señas de identidad: el cante festero por bulerías convertido en tragedia, los tangos arrumbaos, la recuperación de los entonces tan denostados fandangos y una jondura seguiriyera inconcebible a tan tierna edad.

 
CAMARÓN DE LA ISLA, Integral

En los tiempos de “Arte y majestad” (1975), extraordinaria mixtura de pureza e innovación. Foto: Pepe Lamarca

 

Del primero al último, grabó todos sus discos para Philips, hoy absorbida por Universal, aunque hay alguna colaboración en trabajos de otros artistas que no se recoge en esta “Integral”, como dos cantes que le regaló a Tomatito en sus dos primeros discos como concertista o los primeros que publicó Camarón (en un disco del guitarrista Antonio Arenas). Menos disculpable es la falta de canciones como “Seré... serenito” (que sirvió de gancho en uno de los incontables recopilatorios necrofílicos) o su postrera intervención para la película “Sevillanas” (1992) de Carlos Saura. Y del todo incomprensible es la ausencia del magnífico doble en directo “Camarón nuestro” (1994), editado dos años después de su muerte y superventas inmediato. Y más teniendo en cuenta que el dibujo de su portada es el mismo que ahora ilustra la caja de cartón (tamaño aproximado de LP) donde viene protegida esta “Integral”.

Dentro, ya con material recio, todos los discos van clasificados en una especie de cofre-archivador ideal para guardar junto a la colección de vinilos. Negro y con letras doradas. Con todo lo que se ha mercadeado con su legado, abrirlo tiene algo de profanación. Te sientes como quien entraba furtivamente en una pirámide milenaria para descubrir, estupefacto, que todo permanecía intacto, inalterable al paso del tiempo. Del mismo modo, oír hoy a Camarón disco a disco, cante a cante y tercio a tercio no es exhumar ningún cadáver. Ni estudiar antropología. Suena todavía moderno como ningún otro. Y también infinitamente más ancestral.

Esta “Integral” no reunirá la totalidad de su obra, pero sí mucho más de lo que en una temporada se pueda asimilar. Da para meses, años tal vez, de escuchar el mejor flamenco y seguir descubriendo cosas a cada nueva audición. Editada originalmente en 1999 y ampliada ahora, contiene su discografía remasterizada y reeditada con amplios libretos. Y ya que el formato digipack es uno de sus mayores atractivos, se recomienda, antes de comprarla, comprobar in situ si no se desenganchan las pestañas de la izquierda que sostienen los libretos, pues corre por ahí una partida defectuosa. Nada que no se arregle con unas gotitas de cola (de esa que inhalaban los calorrillos de entonces), pero aun así no es de recibo. Y para pegas a solventar, pocas como las sevillanas que cierran el disco “Rosa María” (1976), que en esta edición digital terminan de golpe a la mitad de la tercera vuelta. Sí, igualito que aquellas cintas de casete donde siempre que grababas te quedaba una canción cortada. Así que mejor guárdense el recibo, por si hay que reclamar.

Chapuzas aparte, el pack contiene también un pequeño libro adicional con fotos y textos ricos en inspiración y sabiduría a cargo de Ricardo Pachón, Carlos Lencero, Enrique Montiel, Joaquín Albaicín y José Manuel Gamboa, quien disecciona disco a disco y anota los orígenes de todos los cantes, en su época no siempre correctamente acreditados. Seguramente, lo que más agradecerá cualquiera que toque la guitarra es la hoja, incluida en cada disco, con los acordes en cifrado, el compás y la posición de la cejilla de cada una de las piezas. Casual o causalmente, esta nueva “Integral” casi coincide con el estreno de la película “Camarón” dirigida por Jaime Chávarrri, idealizado biopic lleno de postales arquetípicas donde podemos ver a José Monge en la playa montando a caballo, pero en ningún momento metiéndoselo.

 
CAMARÓN DE LA ISLA, Integral

Con Paco de Lucía, ensanchando el horizonte y redefiniendo el toque y el cante en el flamenco. Foto: Pepe Lamarca

 

La discografía de Camarón se divide claramente en dos etapas: con Antonio Sánchez Pecino (padre de Paco de Lucía), quien dirigió artísticamente sus nueve primeros discos; y a partir de la relación de Camarón con Ricardo Pachón. El primer período también puede subdividirse. Los tres primeros discos (de los años 1969, 1970 y 1971), sin más título ninguno de ellos que el de “El Camarón de la Isla con la colaboración especial de Paco de Lucía”, aunque conocidos popularmente como “Al verte las flores lloran”, “Cada vez que nos miramos” y “Son tus ojos dos estrellas”. Ambos genios aparecen en las tres portadas con idéntico protagonismo, fotografiados por Pérez de León en delirante –y delicioso– tecnicolor. El primero se grabó en una tarde del tirón, mientras en los dos posteriores contó con la participación creativa de Fosforito. En todos ellos ya incluía esos “lolailos” o “nonainos” que tanta popularidad le dieron junto a una maestría cantaora sin parangón.

Por más que la historia siempre se reescriba y hoy haya un consenso generalizado (e incluso exagerado) sobre su supremacía, Camarón fue un artista controvertido por naturaleza, desde el principio hasta el último momento. Nunca del todo aceptado por la ortodoxia flamenca. Siempre le criticaban algo. Solo asentían a toro pasado. Incluso los suyos, muchos de sus adoradores incondicionales, rechazaron en su momento el revolucionario “La leyenda del tiempo” (1979). Por no hablar de su carácter escurridizo o de esas espantás tan ferozmente criticadas en su día.

Pocos discos levantaron tanta polémica como el cuarto, el último en que Paco de Lucía aparecía en la portada (ya de manera secundaria). Su título, “Canastera” (1972), además del nombre de la primera pieza, indentificaba un nuevo palo flamenco que Camarón y Paco tuvieron la valentía de inventar. Todo un sacrilegio en las cátedras de flamencología que habían dado ya por cerrada la baraja del cante. Lo cierto es que este atrevimiento apenas ha tenido continuidad, aunque sí existe otro palo, todavía no oficial, que Camarón divulgó como nadie: los tangos arrumbaos, presentes en toda su obra, adoptados por los jóvenes gitanos como seña de identidad y al mismo tiempo responsables de que el flamenco campee hoy por las listas de éxitos. La ausencia de Paco de Lucía en las fotos no mermaría en absoluto su implicación musical. Su nombre siguió apareciendo en la portada de esos discos (y varios posteriores) donde ensancharon mano a mano el horizonte flamenco.

 
CAMARÓN DE LA ISLA, Integral

¿Un modo puro y natural de entender el arte jondo que, con la muerte de Camarón, parece condenado a desaparecer?

 

Luego vinieron un nuevo disco homónimo en 1973 (aunque conocido como “Caminito de Totana”), “Soy caminante” (1974) y “Arte y majestad” (1975), tres extraordinarias mixturas de pureza e innovación, con influencias tan aparentemente dispares como las de Enrique Morente y Las Grecas. Y, por supuesto, Lole y Manuel. En “Rosa María” (1976) encontramos alguna pincelada eléctrica y esos estribillos que tanta popularidad le dieron, aunque el de los tangos que le dan título, por más que los firmase Antonio Sánchez Pecino (como en casi toda esta etapa), no fuera especialmente original (Cepero había compuesto años antes para Antonio El Camborio una rumba con idéntica melodía, titulada “Gitana María”).

Después de que el inmenso “Castillo de arena” (1977) pusiera cierre a este período, llega “La leyenda del tiempo”, sin nadie del clan de Lucía, pero con una pléyade impagable de rompedores talentos: su ya a partir de entonces inseparable Tomatito, componentes de Alameda y otros artífices del entonces efervescente rock andaluz, el jazz del grupo Dolores, el sitar de Gualberto, las guitarras callejeras de Raimundo Amador, la chispa de Kiko Veneno y la producción y la autoría de gran parte del repertorio de Ricardo Pachón. Hoy es su disco más celebrado, pero cuando falleció Camarón llevaba vendidos solo seis mil míseros ejemplares.

Pachón produciría las siguientes y no menos valiosas entregas discográficas, aunque con Paco y Pepe de Lucía encargados de la dirección artística. Tres obras maestras a cual mejor: “Como el agua” (1981), “Calle Real” (1983) y “Viviré” (1984). Tanto aportó Antonio Humanes en los dos últimos que se hizo cargo del siguiente, “Te lo dice Camarón” (1986), donde demostraría no ser tan buen productor como compositor.

De nuevo con Pachón, la heterodoxia de Diego Carrasco y Jesús Bola y talentos emergentes como Vicente Amigo, llega “Soy gitano” (1989). Si a partir de “Viviré” las ventas empezaron a dispararse, con este logró una proeza insólita hasta entonces en el género: obtuvo el disco de oro gracias a muchas de las premisas que luego seguirían los bombazos comerciales del flamenco pos-Camarón.

A pesar de su título, “Flamenco vivo” (1987) tenía algo de póstumo, pues recogía tomas registradas en directo con Tomatito nada menos que nueve años atrás (brutales, eso sí). Ya enfermo, la historia termina como empezó, con Paco de Lucía tomando de nuevo el timón para su testamento artístico, el arrebatador “Potro de rabia y miel” (1992).

“Romance del Amargo”.

Arriba