¿La música amansa a las fieras? La de Christina Rosenvinge, sí. Tengo pruebas: antes de ponerme con esta caja de las maravillas –cuatro CDs, un DVD, libreto generoso en fotografías y textos– estaba ensimismado con el último de Lisabö y el perro de la vecina no paraba de ladrar y saltar inquieto. Empezó a sonar “Tú por mí”, la primera canción (versión 2011) del primer CD de Christina, y el chucho calló de repente, acomodándose al sol otoñal de la terraza... ¿Milagro? No: otro caso sin resolver. Fin.
Y principio: Christina decide echar la vista atrás y recorrer los veinte años de su carrera en solitario, los que van desde “Que me parta un rayo” (1992) hasta “La joven Dolores” (2011). Con canciones de todos estos álbumes, claro, pero con un plus que aleja este cofre del mero recopilatorio para hacer caja: ahí están, por ejemplo, ese puñado de “versiones 2011” de varios temas pretéritos que ha vuelto a revisar con la ayuda de Raül Fernandez. O la recuperación de rarezas en directo, un goteo de sus colaboraciones –con Papa M, Nacho Vegas, Two Dollar Guitar–, la reivindicación de su pasado en Álex y Christina o ese “De Benidorm a Benicàssim” junto a Beef y J, perla del disco del mismo título ideado por Luis Troquel y publicado en 2006.
La antología echa cerrojo con otros tres temas registrados en 2011 junto a Raül: “El sud” (de “Els invertebrats”, Refree cosecha 2007: CR en catalán), el Cohen de “Hallelujah” (mil veces interpretada y aquí tan nueva) y otra lectura (más esencial, más cálida) de “Canción del Eco” de “La joven Dolores”. Coherencia, la llaman. La misma que se advierte, con sus cambios y sus búsquedas, en esta panorámica que define a una cantautora exquisita e inquieta y con las cosas claras: en su etapa neoyorquina, por ejemplo, se podría haber apuntado a la moda del momento, pero hizo un magnífico uso de amistades para seguir reforzando su exclusivo camino. Inciso: las muestras de “Que me parta un rayo” y “Mi pequeño animal” (1994) piden a gritos una revisión urgente de esos álbumes, ninguneados en su momento por la mayoría de la crítica (me incluyo: culpa, culpa).
Supongo que no ha sido fácil recorrer este camino. Lo de Rosenvinge no encaja a la primera (ni a la segunda) en un panorama pop que no admite artistas que estén continuamente haciendo raros y hermosos equilibrios como los suyos: fuera de los templos del comercio, al margen del fundamentalismo “independiente”. Hay que echarle coraje, mucho. Y, poco a poco, ir sumando en el haber de una obra imprescindible y rica, esencial en la historia de nuestra música. 