×

USO DE COOKIES

Este sitio web utiliza Cookies propias y de terceros, para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios, para mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias, así como analizar sus hábitos de navegación. Si continua navegando, supone la aceptación de la instalación de las mismas. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web.

Aceptar Cómo configurar

Cargando...
 

ÁLBUM (2003)

DANIEL JOHNSTON Fear Yourself

Sketchbook-Decoder Muzique
DANIEL JOHNSTON, Fear Yourself
 

Témete a ti mismo y te conocerás, parece predicar el ínclito Daniel Johnston desde su púlpito de héroe marginal, tan circunstancial e inopinado como totalmente necesario. Después de décadas de sorprendernos y fascinarnos con la heterodoxia de una percepción distorsionada por la enfermedad mental, si en este “Fear Yourself” no encontramos al Johnston de siempre es, sin duda, culpa de la curiosidad perversa que debió de sentir Mark Linkous (Sparklehorse) en un viaje alcohólico al fondo de una larga noche: ¿cómo sonaría la voz chirriante de Johnston entre las bambalinas del sinfonismo rock de las producciones de Dave Fridmann (con sus exuberantes arreglos filonaíf, sus bombos épicos, sus ambientes sintetizados evocando continuas vueltas de tuerca)?

Pues bien, el cruce de caminos oscila entre lo fértil y lo más bien forzado (“The Power Of Love”, “Forever”). Indudablemente, los arreglos restan idiosincrasia al inimitable cantautor, que, rematando la pirueta posmoderna, suena aquí no como Wayne Coyne, sino como el personaje más histriónico de Wayne Coyne: tierno y optimista, entonando pletórico odas al amor tan emocionadas como intrigantes. Tratándose de Johnston, es difícil precisar si la colaboración con Linkous surgió de la decisión consciente de explorar el subsuelo sinfónico de “Fraggle Rock” o si simplemente se dedicó a tocar sus canciones con un modesto acompañamiento de piano y acabó manipulado por la mente ególatra de un fan aparentemente bienintencionado.

En todo caso, y debates éticos aparte, los resultados hablan por sí mismos, y lo cierto es que no apuntan más allá de lo “medianamente disfrutable”.

“Fish”.

Arriba