USO DE COOKIES

Este sitio web utiliza Cookies propias y de terceros, para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios, para mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias, así como analizar sus hábitos de navegación. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web.

Aceptar Cómo configurar

Cargando...
 

ÁLBUM (1998)

EL LEBRIJANO CON LA ORQUESTA ARÁBIGO ANDALUZA Casablanca

EMI
EL LEBRIJANO CON LA ORQUESTA ARÁBIGO ANDALUZA, Casablanca
 

Juan Peña El Lebrijano es uno de los nombres clave de las dos últimas décadas de música andaluza, entendiendo este término en su más amplio sentido: el del inmenso legado cultural de al-Ándalus, la vieja patria única de los árabes de la Península Ibérica y el norte del Magreb. Suya fue una de las primeras referencias del género con cierta entidad comercial, “Encuentros” (1985) –con la Orquesta Andalusí de Tánger–, un disco que abrió brecha y facilitó el paso de producciones en la misma línea de otros artistas (desde Enrique Morente y Paco de Lucía hasta Radio Tarifa y Luis Delgado), y que ahora encuentra su excepcional continuación en este “Casablanca” –de título absolutamente revelador–, minuciosamente preparado por El Lebrijano con sus amigos Jesús Bola y Diego Carrasco a partir de nueve composiciones originales del trío, cuatro de ellas sobre textos del poeta Manuel Machado.

En “Casablanca”, y aparte de figuras ya habituales en este tipo de proyectos, como el gran Tino Di Geraldo, participan los músicos (violines, violonchelos y contrabajo) de la Orquesta Arábigo Andaluza, esenciales en la atmósfera mesmerizante de “Coge la onda”, “A canela y menta” y, sobre todo, “Del placer que irrita”, una de las mejores piezas del disco, donde culmina el hermanamiento preciso y precioso de esas dos voces en espejo (El Lebrijano y Hassan Jebelhbibi): la una, a punto de reventar en los versos más estremecedores (“Y en el aire húmedo / de aroma y lujuria, / levanta su vuelo / paloma rafeña / la copla andaluza”); la otra, dibujando un mosaico de adornos melismáticos sobre los desgarros del amor y de la carne. Un sentimiento que se repite en los ayes tremendos, desoladores, de “A calzón quitao”, y del que solo se escapan los colores de “Salada claridad”, un desmadre de voces, palmas y percusiones que abre de par en par las ventanas de la fiesta de los sentidos.

“Del placer que irrita”.

Arriba