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ÁLBUM (2009)

EMILY LOIZEAU Pays sauvage

Polydor-Universal
EMILY LOIZEAU, Pays sauvage
 

Mirar hacia otros lados, fuera del mundo anglosajón, siempre será un recomendable ejercicio oxigenante y un pequeño juego en busca de suculentas (o decepcionantes) sorpresas. Enfocar la mirada hacia Francia –ese país que parece al mismo tiempo tan cerca y tan lejos– se ha convertido en los últimos años en un acto casi obligado para quienes no se conforman con el menú del día de lo más previsible. Y la patria de Molière normalmente no decepciona a quien se aventura en su territorio musical. La música pop francesa en todas sus vertientes hierve de vitalidad y propuestas y no es complicado hallar gemas que la mayoría de las veces no salen de sus fronteras. Una de las últimas la encontramos en el segundo trabajo largo de Emily Loizeau, sin duda uno de los discos más sorprendentes de lo que llevamos de 2009. La Loizeau no es una recién llegada. En 2005 se autoeditó un miniálbum con seis canciones, presentación que llegó a oídos de Michel Pampelune, capo de Fargo, quien no dudó en colocarla en su escudería de damas valientes. El primer disco, “L’autre bout du monde”, salió en los primeros meses de 2006; desde la portada, una Emily con sombrero vaquero miraba al posible oyente enmarcada en un paisaje de vegetación exuberante. Ese fue un álbum apreciable, con el piano como hilo conductor, pero que no indicaba especiales signos de excepcionalidad: el trabajo de una cantautora más que parecía condenada a la zona gris del pelotón de compositoras sensibles.

Tras patearse el hexágono en una extensa gira con más de doscientos conciertos, doblar su voz con tradicionalistas con gusto –busquen sus duetos con Duke Special, J. Tillman y Andrew Bird– y encarnar a uno de los personajes en “La mécanique du coeur” (2007), el álbum conceptual de Dionysos (el director Luc Besson prepara su trasvase a la gran pantalla), miss Loizeau se dedicó a dar vida a un segundo trabajo que borra de un plumazo cualquier síntoma de medianía: “Pays sauvage” es un disco ambicioso y oceánico que picotea con gusto de todos los estilos y los reviste de una pátina de exquisita personalidad, un álbum onírico y terrenal que se desvía en infinitas direcciones para dibujar la psicogeografía de un país existente únicamente gracias a la magia de las canciones.

 
EMILY LOIZEAU, Pays sauvage

Carrusel de sonidos y personajes, lúdico festín en un paraíso perdido, extravagancia victoriana y music hall.

 

Grabado en el verano de 2008 entre París, la isla de Reunión y su casa de campo de Ardèche en el sudeste galo, cantado en francés y, esporádicamente, inglés –es hija de padre francés y madre británica y nieta de la eminente actriz Peggy Ashcroft, Oscar en 1984 por “Pasaje a la India”–, el disco convoca a toda una troupe de músicos-amigos –Thomas Fersen, Danyel Waro, Olivia Ruiz, Moriarty, David-Ivar Herman Dune...– que ayudan a proyectar con nitidez esa felicidad fantástica y melancólica, irreal y con ribetes de un pasado idealizado –piensen en Edward Gorey, Lewis Carroll o el Tim Burton del Chico Ostra– que tan bien han captado las imágenes del libreto disparadas por Mondino. El País Salvaje de Emily está poblado de dandys y mujeres barbudas, de hombres-ciervo y vampiresas fatales, de sacerdotes rurales y pillos de buen corazón, de princesas destronadas y naturaleza idílica: es la infancia eterna suspendida del hilo que mantiene la esperanza en el ansiado final feliz.

Musicalmente, el cóctel mezcla folk, country y blues, baladas melódicas y sal del Índico –soberbio “Dis moi que toi tu ne pleures pas” con Waro, verdadera delicatessen maloya–, todo rebozado en una suave gasa chic, como de fábula, a lo que contribuyen unos arreglos primorosos y una instrumentación frondosa –violonchelos, tambores, banjos, flautas, coros infantiles, ukeleles, trombones...– que la pone sin miramientos en la órbita de esos aventureros que no dudan en enfrentarse con todas sus armas al monstruo de la estética para lograr sus objetivos. Carrusel de sonidos y personajes, lúdico festín en un paraíso perdido, extravagancia victoriana y music hall de una (o varias) noche de verano: “Pays sauvage” o el lugar donde los sueños desembocan en un manantial de partituras. Muy indicado para todos los afectados por la enfermedad de la larga espera de nuevas noticias de, por ejemplo, Sufjan Stevens.

Etiquetas: 2009
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