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ÁLBUM (2011)

FLEET FOXES Helplessness Blues

Sub Pop-Bella Union-Music As Usual
FLEET FOXES, Helplessness Blues
 

El parto ha sido difícil, lento. Robin Pecknold no cayó en los cantos de sirena que sonaron por todo el planeta tras la edición del álbum de debut de Fleet Foxes en 2008 y optó por la senda de la calma y la reflexión. Pero él no quería precipitarse y algunas de las canciones de “Helplessness Blues” ya se testaban en 2009, cuando abría en solitario algunos conciertos de Joanna Newsom.

Con el primer disco ya quedó claro que los de Seattle no eran un añadido prescindible de la entonces ya abultada lista de la comuna de la América Rara. Lo suyo tenía un sabor y un color un poco distinto, más enfocado hacia las colinas inglesas y las utopías de Robin Williamson y Mike Heron, aunque sin olvidar las enseñanzas de santos de su país como Dylan y Brian Wilson. La música de “Fleet Foxes” se elevaba en una nube barroca de armonías y estampas utópicas que parecía impropia de unos jovencitos con un background más bien exiguo. ¿Impostura? Probablemente, pero a estas alturas de la historia del pop no se puede pedir originalidad virgen so pena de quedarse con las manos vacías. El disco funcionaba y los directos –a juzgar por las filmaciones que pueblan la blogosfera– eran una auténtica celebración que inyectaba oxígeno a rayadas estampas de bucolismo rancio.

Había ambición, ahora multiplicada en un “Helplessness Blues” que, nuevamente producido por Phil Elk, lleva los lienzos de folk-rock psicodélico del sexteto a nuevas fronteras en un oceánico trip melódico, con la imponente voz de ángel herido de Pecknold como hilo conductor. El muchacho confiesa que “Astral Weeks” (1968) de Van Morrison ha sido determinante a la hora de que estas canciones llegaran a buen puerto: él quería esa misma intensidad fervorosa, carnal y delicada, para el clima del álbum. Y hay momentos donde roza la grandeza de esta piedra filosofal de la historia del rock. Por ejemplo, en “The Shrine / An Argument”, una canción-río con varios cauces, cambios de ritmo y climas –folk acústico, marcha campestre, cánticos religiosos, free jazz, contemporánea...– que, de alguna forma, es como el resumen de un disco que suena íntimo y expansivo, antiguo y actual, sagrado y profano. Que puede hilar una miniatura folk como “Blue Spotted Tail” o enchufar faroles de pop ácido como “Grown Ocean” (donde resuenan astillas de Animal Collective).

Coloreado con una paleta de instrumentos hasta ahora inéditos en el modus operandi de la banda –de la cítara al vibráfono, del clarinete a la guitarra de doce cuerdas–, “Helplessness Blues” se impone al cliché revivalista con las armas de un preciso engranaje de artesanía melódica, bella y deslumbrante, y coloca a Robin Pecknold al lado de otros exploradores actuales de mundos perdidos como Joanna Newsom y Sufjan Stevens, arqueólogos que encuentran en las minas abandonadas del pasado el impulso necesario para alentar el presente.

“Helplessness Blues”.

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