×

USO DE COOKIES

Este sitio web utiliza Cookies propias y de terceros, para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios, para mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias, así como analizar sus hábitos de navegación. Si continua navegando, supone la aceptación de la instalación de las mismas. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web.

Aceptar Cómo configurar

Cargando...
 

ÁLBUM (1984)

GABINETE CALIGARI Cuatro rosas

Tres Cipreses-DRO
GABINETE CALIGARI, Cuatro rosas
 

El “Cuatro rosas” de Gabinete Caligari, la obra cumbre del trío, fue seleccionado entre los cien mejores álbumes nacionales del siglo XX (clasificado en el puesto 20) en el Rockdelux 223, el especial del veinte aniversario de la revista, volumen publicado en 2004, cuando también se celebraban las dos décadas del mítico “Cuatro rosas”, mini-LP que vio la luz en 1984, el mismo año en que nació Rockdelux. Esta es la documentada crítica que escribió Eduardo Guillot en ese extra. Debajo, suena “¡Caray!”.

Jaime Urrutia (guitarra, voz), Ferni Presas (bajo) y Edi Clavo (batería) pusieron en marcha Gabinete Caligari sabiendo que se trataba del grupo definitivo. Atrás quedaban ensayos como Ejecutivos Agresivos –donde Urrutia había coincidido con el futuro productor Paco Trinidad y con Poch, poco después al mando de los inclasificables Derribos Arias– o Ella y Los Neumáticos –con Christina Rosenvinge al frente y Clavo a los tambores–, pruebas de fuego en una época en que Madrid respiraba un ambiente musical efervescente y todo el que se sentía capaz de empuñar un instrumento se lanzaba sin miedo en busca de su cuarto de hora de fama. El modelo a seguir era la cercana escena británica, donde tras el sarpullido punk habían florecido ramificaciones estilísticas para todos los gustos, adaptadas de forma mimética por los incipientes grupos españoles.

Desde la elección de su nombre –tomado del clásico del cine expresionista alemán “El gabinete del Doctor Caligari”, dirigido por Robert Wiene en 1919–, Gabinete Caligari optaron por alistarse en la corriente after-punk que por entonces empezaba a tomar cuerpo en Madrid. Su primer disco fue un EP compartido con Parálisis Permanente, en 1981, a razón de dos temas por grupo, al que seguirían un par de singles igualmente enmarcados en la “onda siniestra”: “Olor a carne quemada” (1982) y “Obediencia” (1983). Pero el trío ya era consciente del callejón sin salida en que podía desembocar el género y comenzó a buscar un sonido propio donde se pusiera de manifiesto su origen castizo.

Nacía así el denominado “rock torero”, un cruce entre la iconografía rock norteamericana –fueron de los primeros en mirar más allá del Atlántico– y una concepción de lo español capaz de reinventar los tópicos –el mundo de los toros, el Madrid de la zarzuela y los barrios bajos– que quedó plasmado en su primer LP, “Que Dios reparta suerte” (1983), un disco que, gracias a canciones como la que le daba título o “Sangre española”, puso su nombre entre los destacados de la nueva escena pop española y propició el ambiente favorable con que sería recibido “Cuatro rosas” (1984), que se iba a convertir en el primer disco de oro –más de 50.000 copias vendidas– de la independencia discográfica estatal.

 
GABINETE CALIGARI, Cuatro rosas

El arte del casticismo: Jaime, Ferni y Edi, en su mejor momento, y en uno de los mejores del pop español. Foto: Óscar Vallina

 

Lo merecía. Las seis canciones que contiene significaban el paso del trío a la fase adulta, un antídoto contra el miedo que atenazaba a la mayoría de bandas del momento, cuya frescura y desparpajo no lograban esconder su estrechez de miras. Gabinete Caligari descubrieron al Bob Dylan de “Highway 61 Revisited” (1965) y “Blonde On Blonde” (1966) y al Neil Young de “On The Beach” (1974) y “Zuma” (1975), ampliaron la formación a cuarteto incorporando al saxofonista Ulises Montero –fallecido por sobredosis de heroína en 1986–, se atrevieron con arreglos de metal –cortesía de Jesús N. Gómez, quien coprodujo el disco con la banda– e incluso introdujeron clavicordio (Teresa Verdera) y fiscorno (José Luis Medrano) en el tema que daba título al mini-LP, una canción perfecta que se convirtió en rampa de lanzamiento del  disco.

Las cinco canciones restantes no le iban a la zaga. Mantenían la actitud castiza en las letras, ejemplo de adaptación del castellano al lenguaje rock solo comparable en esos años con el de Radio Futura, y además ampliaban horizontes con inteligencia –la tarantela de “Al calor del amor en un bar” estaba a la vuelta de la esquina–, dejando atrás una etapa inicial en busca de personalidad propia. Edi Clavo, en el libro “Gabinete Caligari. El lado más chulo de la Movida” de Jesús Rodríguez Lenin (Ediciones Temas de Hoy, 2004), recuerda: “Aquel era un momento en que ya no bebíamos los vientos de la moda. Hasta entonces ir más atrás era un pecado, pero ya no nos preocupaba qué era lo último que sonaba en Londres, si The Clash, The Jam, Siouxsie & The Banshees o los Stray Cats, que también nos gustaban muchísimo a Jaime y a mí. Hasta ese momento, no quedaba bien asumir la música de los sesenta porque quedaba rancio. Pero esas eran nuestras primeras influencias. Nos encantaba la trilogía ácida de Dylan y el sonido ululante del órgano Hammond. Y nos atrevimos a decirlo”.

Conscientes del potencial de su contenido, se negaron a ampliar el disco, y optaron por publicar solo media docena de canciones que salvaron a su sello discográfico en un momento de crisis. “Había poca pasta para grabar. O salía bien, o nos íbamos todos a la mierda, DRO incluido. Lo que sí sabíamos es que teníamos seis canciones, de las que cinco eran muy buenas. Era un mini-LP monolítico, con todas las canciones compuestas en un mes y grabadas al siguiente, con la frescura de ese momento. No tenía nada que sobrara y supuso la mayoría de edad del pop español independiente”, remata de nuevo Edi Clavo en la biografía citada. El tema sobre el que duda es “Esclavo de tus pies”, que raya a un nivel ligeramente más bajo que “Más dura será la caída”, “¡Caray!”, “Haciendo el bobo” o “Tango”, no tanto por deméritos propios –habría brillado como un diamante en algunos de sus trabajos posteriores– como por el estado de gracia en que fueron compuestas sus compañeras de viaje, en una obra maestra a la que el tiempo no ha hecho más que revalorizar y que fue reeditada en 1993 por DRO en un CD que incluía también el LP “Que Dios reparta suerte”.

“¡Caray!”.

Arriba