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ÁLBUM (2008)

HIGH PLACES High Places

Thrill Jockey-Popstock!
HIGH PLACES, High Places
 

Rápido repaso a algunos de los discos –Crystal Castles, Xiu Xiu, No Age, Erykah Badu, Evangelista, Spiritualized, Fleet Foxes, k.d. lang, Lightspeed Champion, Daniel Darc, Silver Jews, Centro-matic/South San Gabriel, Bon Iver, Portishead, Cut Copy, Jeremy Jay, The Bug, Baby Dee, R.E.M., The Felice Brothers, The Wave Pictures, Robert Forster– que han logrado dejarme alguna huella más o menos profunda en lo que llevamos de año. Ninguno de ellos suena, ni remotamente, a High Places. Buena noticia. En un mundo donde la uniformidad se pega como abejas a un tarro de miel la diferencia es un valor nada desdeñable; no justifica, por ella misma, la calidad de una oferta pero cada vez cotiza más en un sector –el musical– en el que hasta los compartimentos llamados “alternativos” funcionan con una preocupante tendencia al mimetismo y a seguir la corriente que marque el profeta del momento.

High Places son un producto del caldo de cultivo de la hiperactiva escena de Brooklyn pero no tienen nada en común con la mayoría de los proyectos nacidos en la arteria de Williamsburg y alrededores. Con alguna experiencia en grupos previos de resonancia nula más allá de sus respectivos salones, Mary Pearson y Robert Barber decidieron unir sus inquietudes en la primavera de 2006. Había nacido High Places, un dúo mixto con el recurrente do it yourself como hoja de ruta en sus explorativas expediciones musicales. Singles de tiraje limitado, aportaciones a recopilatorios y una reseña en Pitchfork que pone en estado de alerta a los oídos más despiertos. Thrill Jockey, independiente con (mucho) pedigrí, les echa el lazo y hace unos meses puso en la calle la compilación “03/07-09/07”, resumen de sus ensayos dispersos y prácticamente inencontrables, paso previo a este debut oficial cuyo revuelo ya se está oyendo fuera de los límites de la Gran Manzana.

 
HIGH PLACES, High Places

Mary Pearson y Robert Barber: post-pop. Foto: Hisham Bharooche

 

Porque High Places molan, se tiran a la piscina de sonidos con la inocencia de niños con juguetes nuevos y (re)crean fascinantes dioramas aurales con una frescura poco frecuente para los revueltos tiempos que nos/los rodean. Lanzan, quizás sin querer, una flecha de tiempo en cuyo arco coinciden Broadcast y Young Marble Giants, Beat Happening y The Magnetic Fields, la exótica de Martin Denny y Esquivel y la world music de países inexistentes, la poesía y el ritmo. Barber ha reconocido ser un fan de las grabaciones de campo e intenta trasladar ese sentido casual y espontáneo al organigrama de sus canciones. El sampler es un medio para licuar los sonidos que extrae de guitarras y teclados analógicos, pero también una herramienta que le permite manipular y ordenar el arsenal de percusión que obtiene con lo que encuentra a mano, ya sean bolsas de plástico, ceniceros o utensilios de cocina. Las canciones –en las que la voz aniñada de Pearson se hunde como un instrumento más y se erige en portavoz ideal de unos textos que hablan de amor y naturaleza con versos incontaminados– son “objetos encontrados” que no dejan nada al azar.

El punto de cruz del recorta y pega no resta espontaneidad a unos temas que seducen desde la primera escucha, relegando el método a un segundo plano para permitir disfrutar al instante con el resultado. Porque High Places pueden hipnotizar con sus experimentos artesanales, pero no pierden de vista el corazón de la canción: busquen (y encuentren) esa belleza casi de libro de arena que salpica desde las notas de “A Field Guide”, “The Tree With The Lights In It”, “Namer” y “Golden”, pepitas de oro de pop 2008 que resuenan como una condensación de los mejores momentos del Panda Bear de “Person Pitch”. “High Places” crea su particular mapamundi sónico picoteando de los rumores del Caribe y de África, lava con lejía los fundamentos de la música de baile y escala lujuriosos volcanes de psicodelia rítmica. Una maravilla de post-pop primitivista que, aventuro, le debe poner los dientes largos de (sana) envidia a El Guincho. Pistas suficientes para subirse a los altiplanos de uno de esos pequeños/grandes discos que enamoran sin esfuerzo.

Etiquetas: 2008
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