A estas alturas, uno ya se espera cualquier cosa de la industria discográfica, pero, qué diantres, da que pensar que apenas un año después de publicar su segundo disco, Imelda May –o su sello, quién sabe– sienta la imperiosa necesidad de ponerlo de nuevo en circulación con la excusa de abrigar un nuevo single y un puñado más bien raquítico de remixes y versiones. Poca cosa, ya ven, para seguir tirando del hilo de una artista que apareció derrapando por la autopista del rock’n’roll goloso y volcánico con singles como “Johnny Got A Boom Boom” –presente también aquí, como ya ocurría en “Mayhem” (2010)– y que en apenas un par de años ha pasado de heroína del rockabilly y de las canciones con los retrovisores bien ajustados a estilista más o menos inspirada del revival.
A eso es precisamente a lo que sonaba el segundo disco de la irlandesa, con el swing y el jazz algo más anestesiado entre los algodones de “Inside Out”, “Kentish Town Waltz” y “Proud And Humble” y la nómina de hits con sustancia concentrada en “Psycho” y “Mayhem”; y a eso mismo sigue sonando una revisión que intenta ganar altura con “Road Runner” –country-rock veloz a lomos de una voz tirante– pero que va perdiendo interés cuando la de Dublín juega a disfrazarse de Patsy Cline –ahí está la versión de “Walking After Midnight”– o, sobre todo, cuando entran en juego unas remezclas –“Proud And Humble” e “Inside Out”– cuya única aportación es la de extender el minutaje. El lamento rasgado de “Blues Calling” maquilla ligeramente el resultado, aunque no acaba de conseguir que a uno le abandone la idea de que, como ya ocurría con “Mayhem”, la Imelda May de “Love Tattoo” (2008) ha quedado un tanto diluida y desdibujada por el sobrepeso de la fama y los tropecientos mil discos vendidos. ![]()


























