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ÁLBUM (2010)

JOANNA NEWSOM Have One On Me

Drag City-Popstock!
JOANNA NEWSOM, Have One On Me
 

Hubiese bastado el “Bridges And Balloons” que colocó en la referencial compilación “The Golden Apples Of The Sun” (2004) para que Joanna Newsom inscribiera su nombre con todos los honores en el libro de visitas de eso que llamamos la Nueva América Rara. Una voz y un arpa como llegados de otro tiempo y de otro lugar que disparaban las alarmas para rendirse a sus pies (o para rechazarla de por vida). Personalidad, dicen. Y un mundo repleto de referencias mitológicas y mágicas, de cultismos y anacronismos que la fijaban como una especie de hada con la varita de la poesía en una mano y la de niña resabiada en la otra. En ese disco de título raybradburiano tenía serias contrincantes en su género –Diane Cluck, Josephine Foster, Jana Hunter, Scout Niblett, las CocoRosie...–, y también en el opuesto –el gurú Devendra Banhart, Jack Rose, Antony, Vetiver...–, pero nadie lograba llamar la atención tanto como ella, gema exquisita en una colección de piedras preciosas que han continuado refulgiendo con mayor o menor fortuna.

“Bridges And Balloons” abría “The Milk-Eyed Mender” (2004), un debut largo cocinado en petit comité junto a Noah Georgeson con los mínimos ingredientes: piano, arpa, voz, ocasional guitarra. Suficiente para armar diez canciones propias y una tradicional de los Apalaches (“Three Little Babes”) que redefinían a su manera el concepto del folk en los atriles del nuevo milenio.

Pero nada hacía presagiar la ambición (y la imaginación) que la chica de Nevada City guardaba en la recámara. Cuando dos años después se descolgó con “Ys” (2006), el mundo (indie) se paró y durante unos meses incluso parecía que iba a cambiar de rumbo. Con ese disco fuera de cualquier catalogación –arreglos de Van Dyke Parks, orquesta de treinta músicos, Albini y O’Rourke implicados en la parte técnica y una portada, firmada por Benjamin A. Vierling, que parecía hibernar en una estancia oculta de los Médici–, la Newsom entró instantáneamente en el exclusivo panteón de los artistas raros, únicos. Excepcionales. Y no fue un capricho de señorita lista y consentida. Solo hay que recordar cómo defendía este proyecto en directo, con uñas, urgencia y pasión (rebobinen y vuelvan al 4 de mayo de 2007 en el barcelonés Casino de L’Aliança: pura hipnosis). “Ys”, como cualquier pieza fuera de patrones más o menos familiares, fue una obra discutida y discutible. Y lo continúa siendo (el debate se reabrió con el alud de listas sobre lo mejor de la década pasada).

 
JOANNA NEWSOM, Have One On Me

“Have One On Me” duplica la duración de “Ys”, pero la Newsom aplica la estrategia de dividirlo en tres partes. Foto: Annabel Mehran

 

Elusiva y en silencio –no es de esas artistas que se prestan a colaboraciones por muy selectas que sean las llamadas–, la californiana reaparece con dos horas (y pico) de música repartida en tres discos y con una imagen de decadencia barroca muy fin de siècle (XIX) que arrincona el virginal renacentismo de la anterior. “Have One On Me” duplica la duración de “Ys”, pero la estrategia de dividirlo en tres partes impide que el empacho desborde los oídos. Tampoco repite estrategia: aunque hay orquestaciones (más modestas; arregladas y dirigidas por Ryan Francesconi), el disco vuelve, de alguna forma, al acabado espartano del primero y se pasea en paños menores por los aciertos sinfónicos del segundo. Pero la Newsom ha madurado (y su voz: adiós a esos ribetes de niña repelente) y su songwriting ha ganado en dinamismo y concreción. Sus textos siguen tan herméticos como de costumbre –amor, naturaleza, dependencia, ¡Lola Montes! salen a flote como flashes fugaces sin un claro hilo narrativo–, pero sus melodías van calando poco a poco hasta colocar al oyente en un estado de coma musical. Hay (bastantes) salpicaduras de la Joni Mitchell de “Court And Spark” (1974) –muy evidentes en “’81”, la parte final de “Good Intentions Paving Co.”, “In California” y, especialmente, “Occident”–, hay como susurros de gospel y hay baladas que parecen descolgarse de las cortinas de un teatro isabelino.

“Have One On Me” es Joanna Newsom sin amarres bombeando música hermosa para aliviar las cicatrices del mundo (del suyo, del nuestro). Es la Newsom sabia que puede condensar sus alucinaciones panorámicas en un solo tema –los once minutos del titular se untan en instrumentos orientales, trompetas, oboes, violines, batería y arpa– o reducirlo a su esencia –el piano y la voz de la citada “Occident”–. No es, no, una segunda parte de “Ys”.  Tampoco un retroceso ni un cul-de-sac. Es el sonido de una artista cuyo límite, de momento, solo puede marcarlo ella misma. Da miedo pensar que aún no ha cumplido los 30...

“Occident”.

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