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ÁLBUM (2005)

KANYE WEST Late Registration

Roc-A-Fella/Universal
KANYE WEST, Late Registration
 

Al grano: puede que algún día se reseque la fórmula, pierda brillo o muera por pura inercia, pero hoy por hoy no hay quien le haga sombra ni le levante la voz al genio de Kanye Omari West, el productor/rimador más brillante y significativo aparecido en lo que llevamos de década. Ya asombró el año pasado con “The College Dropout” (2004), el primero de una tetralogía con la vida universitaria como nexo de unión.

En los mentideros del hip hop millonario no fue ninguna sorpresa: Kanye West llevaba varios años chorreando exitazos desde la factoría Roc-A-Fella y poniendo su firma a bombas de las que se beneficiaban Jay-Z, Ludacris, Talib Kweli, Twista o Scarface. Su fórmula no era ni es un prodigio de originalidad –excavar en la mina sin fondo de la historia de la black music y engarzar los hallazgos en pegajosos beats de economía apabullante–, pero sí lo es la deslumbrante imaginación con que combina estos elementos. El cóctel West no sonaba rancio ni aguado, sino lozano y refrescante. Oxígeno puro en un género que –como ocurre con todos los géneros codificados en exceso– tiende a la autoparodia y a lo gratuito con una facilidad alarmante. Su debut como protagonista era inevitable, aunque se fue dilatando por varias razones, algunas de peso: un accidente de coche en el otoño de 2002 casi le cuesta la vida. Esta traumática experiencia –y un viejo tema de Chaka Khan– fue la gasolina que le sirvió para escribir “Through The Wire”, una de las cúspides de “The College Dropout”.

Cuestionado desde algunos sectores duros de la comunidad rap por falta de “credibilidad” –West nació en junio de 1977 en Atlanta, pero se crió en Chicago, en el seno de una familia de clase media: pecado–, el artífice de “Slow Jamz” y “Jesus Walks” echó mano de su gigantesto ego y de su talento para ir acallando bocas –su polémica con la revista ‘Vibe’, por ejemplo– e imponer su particular visión de un universo que va mucho más allá de las cadenas de oro, los culos prietos, los coches de lujo, las fiestas salvajes y las armas de última generación.

En sus textos había/hay otra cosa, una mirada lúcida pero divertida sobre los estereotipos del rap que, sin dar carpetazo a su vertiente crítica, evita caer en el documentalismo político-social de otros rapsodas. West no es Chuck D, ni KRS-One ni Ice-T. Tampoco lo pretende, aunque lo que sí está logrando es sacar al hip hop mainstream del pozo sin fondo de la estética gangsta y barriobajera sin olvidarse de su papel de portavoz de una comunidad maltratada –su speech en TV cargando contra Bush tras la tragedia del Katrina puede ser demagógico, que lo es, pero también es necesario–.

 
KANYE WEST, Late Registration

Matrícula de honor para el hermano casi gemelo de “The College Dropout”, un hermanito burbujeante, listo, hermoso y revoltoso.

 

Después de más de tres millones de copias vendidas y de decorar su casa con una buena cosecha de Grammys, de apadrinar a promesas como John Legend y de lograr que Common entregue su obra maestra, Kanye West repite jugada con un “Late Registration” que vuelve a cortar el hipo. El manantial creativo sigue intacto, la máquina de hits engrasada al milímetro. Pero Mr. West, quien desprecia formar parte de guetos y capillitas, se aventura y llama a la puerta de Jon Brion, otro geniecillo pop con experiencia cero en el mundo del hip hop, para que acabe de cuadrar la jugada. Este encuentro de personalidades en principio opuestas es el componente, leve pero decisivo, que acaba otorgando al álbum su pátina de obra de solidez incuestionable y de un aliento pop que trasciende géneros para convertirse en música sin adjetivos.

Echar mano de temas exprimidos hasta la saciedad –dos ejemplos: “Move On Up” de Curtis Mayfield y “Diamonds Are Forever” de Shirley Bassey– y construir con ellos pequeñas gemas que parezcan nuevas, sin serlo, es, más que pereza, un reto; reto superado con matrícula de honor en, respectivamente, “Touch The Sky” y “Diamonds From Sierra Leone” (esta en dos versiones, con letra distinta; el remix con Jay-Z es el que pone el acento en los lazos que atan lujo y miseria, derroche y esclavismo, exhibicionismo y pobreza, poder y violencia).

Hay muchísimo más, claro: ese “Gold Digger” que, en una mueca entre chabacana y genial, reúne a Ray Charles con Jamie Foxx, su impersonator. O un inicial “Heard 'Em Say” que hace soportable hasta a Adam Levine (Maroon 5). En “Crack Music” establece paralelismos entre el poder de destrucción de las drogas y la fuerza curativa de la música. Y no suena a sermón. Cuando se pone sentimental (“Roses”, “Hey Mama”), lo hace esquivando la lágrima fácil: importan más los beats y los samples que el mensaje. Su ascenso a los cielos del éxito también tiene espacio: “Bring Me Down” habla de los intentos por derribar a quienes han logrado triunfar, “Touch The Sky” escupe un verso definitivo: “Before anybody wanted K-West beats / Me and my girl split the buffet at KFC”.

Inteligencia e ironía, arreglos de cuerda y secciones de viento, coros y guitarras, samples e invitados –GLC, The Game, Brandy, Common (quien se merienda él solito, a partir de Gil Scott-Heron, “My Way Home”, casi un outtake de su LP “Be”), John Legend, Nas, Cam’Rom, Consequence, Q-Tip, Talib Kweli...– en el hermano casi gemelo de “The College Dropout”, un hermanito que ha salido, sí, más burbujeante, listo, hermoso y revoltoso que el primogénito. A por el tercero.

“Diamonds From Sierra Leone”.

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