En 1974, Ralf Hütter y Florian Schneider ya habían encontrado la expresión ideal para definir su música: “Elektronische Wolksmuzik”. Precisamente con el sonido de un motor Wolkswagen arranca “Autobahn” (1974), el primer disco de la llamada nueva etapa de Kraftwerk. Temas anteriores como “Tanzmusic” y “Ruckzuck” se habían acercado al objetivo pero en absoluto presagiaban la precisión metronómica de “Autobahn”. Un vals electrónico producido y ensamblado por Conny Plank con el que nace el tecno-pop, es decir, un formato de canción accesible o comercial construido a base de ritmos sintetizados. Desterrando a un papel secundario los instrumentos acústicos (el tema “Morgenspazierganag” sería el canto del cisne para la flauta de Florian), y todavía abiertamente narrativo pero aparcando la anarquía kraut, “Autobhan” emite el primer resplandor del próximo sonido teutón.
Kraftwerk pretendían dar con una música de raíces étnicas alemanas, construir una identidad propia lo más alejada posible del rock norteamericano, de su pose sudorosa y de su culto a la personalidad. Asumir los valores tradicionales germanos pero mirando al futuro con optimismo, como en esos pósters constructivistas. Olvidar el horror nazi desde dentro. El hombre europeo por extensión enfrentado con serenidad a un porvenir que reside en sus propias manos y en la tecnología, su natural prolongación.


























