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ÁLBUM (2011)

LA BIEN QUERIDA Fiesta

Elefant
LA BIEN QUERIDA, Fiesta
 

Si “Romancero” (2009) fue, ante todo, la manifestación de que otro pop español (aflamencado y hasta magrebí) era posible, “Fiesta” certifica que aquel debut fue el inicio de uno de los proyectos más osados de nuestro tiempo. El regreso de La Bien Querida dobla la apuesta en incontables sentidos: desde ese inicio con esas palmas y sintetizador que se funden y confunden (“Noviembre”) hasta esa ranchera (“Lunes de Pascua”) que clausura otro romancero sobre el amor y sus espinas. Aquí ya apenas hay pasos en falso. Todo está meditado hasta las últimas consecuencias. ¿Cuántas vueltas habrán dado hasta convertir “Monte de piedad”, de su maqueta de 2007, en un paso de Semana Santa? ¿Cuánta seguridad hace falta para colar esa fanfarria balcánica en “Queridos tamarindos” y acertar estrepitosamente? También hay cortes menores (“La muralla china” me suena contrahecha) y otros que palidecen ante la majestuosa ingravidez de Los Planetas (obvio referente de “Monumentos en la luna”), pero entre genialidades y caprichos (el glam cacharrero a lo Hidrogenesse de “Piensa como yo” o el estribillo OMD de “En el hemisferio austral”) el disco suma diana tras diana. Títulos para personalizar, ensanchar y enriquecer el pop castellano de hoy como en su época hicieron los de Ray Heredia, El Último de la Fila y Radio Futura.

Ana Fernández-Villaverde escribe con tal transparencia e interpreta con tan hierática dulzura que puedes acabar viéndola como una sirena cuyo cantar camufla la brutalidad de sus intenciones. (El culmen de su estrategia es “Sentido común” y ese: “A veces me lleno de rabia / A veces no quiero ni verte / A veces solo me tranquilizaría pegarte muy fuerte”). Pero luego está David Rodríguez, sembrando pistas falsas, desviando la atención con infinitos recursos sonoros, como el prestidigitador que quiere que te fijes en el sable mientras el conejo sale por la trampilla. “Fiesta” te acaricia las mejillas, te revuelve la conciencia y finalmente te desvela. Es magnético y venenoso como los amores al límite que habitan sus canciones.

“Queridos tamarindos”.

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