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ÁLBUM (1973)

LOU REED Berlin

RCA
LOU REED, Berlin
 

El disco más preciado de Lou Reed. En el Rockdelux 43 (julio-agosto 1988), portada Patti Smith, Rockdelux publicó un polémico informe sobre la década de los setenta escrito por Patricia Godes. Complementándolo, unos cuarenta redactores y colaboradores de la revista escogieron los cien mejores LPs de esa década. Se produjo un empate en la cabeza entre el “What's Going On” de Marvin Gaye y el “Berlin” de Lou Reed, vencedores ex aequo de esa lista. En ese mismo número, en la sección Flashback, José Mª de Jorge comentaba “Berlin”, el mítico disco que tanto marcó la trayectoria de Lou Reed y la de muchos de sus fans; esta es la crítica que escribió entonces.

Caos, ruidos, gritos, tumulto generalizado que deja paso suavemente a un coro que interpreta “Happy birthday”… De esta forma comienza uno de los discos más grandes de la historia del rock, un disco que representa en un único acto los instintos más bajos, el dolor, la automisericordia, la tristeza infinita de un ser (auto) mutilado. La bestia que se arrastra.

Lou Reed se hundió conscientemente en el fango, atravesó los infiernos y se revolcó en la “mierda” casi seis años después de su incursión velvetiana en zonas profundas. Si “White Light / White Heat” (1968) es realmente la Biblia Negra del rock, “Berlin” (1973) no le va a la zaga; es complemento perfecto de aquella, es otro paseo por el subconsciente, por el lado salvaje de una mente torturada. Pero en “Berlin” no hay caos, distorsión, ni terrorismo sonoro. Aquí las canciones están construidas de acuerdo a las reglas: tema de cuatro-cinco minutos de recia estructura rítmico-melódica con arreglos magistrales de cuerda y/o vientos.

Sin David Bowie y los manierismos afectados de su LP anterior, “Transformer” (1972), acompañado por un elenco amplísimo de músicos: Jack Bruce, Aynsley Dunbar, Bob Ezrin (asimismo productor del disco), Steve Hunter, Tony Levin, Steve Winwood… que no consiguieron, a pesar de su prestigio, el favor de un público acostumbrado a un Reed disfrazado de payaso ni el de una crítica que no comprendió este canto a la autodegradación.

Estuvimos en un pequeño café / Tú pudiste oír las guitarras tocar / Era algo bonito / Oh, cariño, era el paraíso”. Es el doloroso recuerdo de “Berlin”, el tema que abre al álbum y le da título, expresado a través de un sugestivo piano y un Reed susurrándote al oído. Sin tregua se suceden “Lady Day” y “Men Of Good Fortune”, ambas en un crescendo final de estribillo llevado al infinito.

 
LOU REED, Berlin

“Berlin” significó alcanzar una cumbre, o más bien un fondo. Cuestión de realismo crudo y desnudo. Toda una leyenda.

 

Caroline Says I” se edifica sobre un ritmo vivo y un estribillo perfecto situado entre un coro y una cuerda deslumbrante. La canción más alegre del disco. Tras ella, y cerrando la primera cara, “Oh, Jim”, un ritmo zigzagueante presidido en este caso por vientos y un estremecedor susurro final de guitarra acústica-voz.

Caroline Says II” abre la segunda cara. Versión de “Stephanie Says”, tema de la época Velvet localizable en “VU” (1985) que con leves caricias de cuerda supone la antítesis de su primera parte, porque si allí era la alegría contenida, aquí la belleza se transmuta en añoranza distante.

Pero el latido rockero se recupera en “How Do You Think It Feels” con un brillante riff de guitarra.

Los dos momentos más sublimes del disco se esconden al final: “The Bed”, merecedora de la voz de Mo Tucker o Nico, alcanza su punto álgido en el cierre de coros auténticamente wagnerianos, y “Sad Song” es una canción genial en un cruce de caminos: pop, rock, lírica, minimalismo… con versos como: “Mirando mi álbum de fotos / Ella se parece a Mary, Reina de los Escoceses / Me parece bastante majestuosa / Eso solo demuestra cuánto puedes equivocarte…”. En la edición española primigenia, la disposición de las canciones es el aquí reseñado, pero en la copia extranjera original, “How Do You Think It Feels” se sitúa en la cara A –entre “Carolina Says I” y “Oh, Jim”– y en su lugar aparece una escalofriante canción, “The Kids”, que la censura española mutiló estúpidamente: sobrecogedor y desazonante poderío de la tristeza sin fin que destila todo el disco.

“Berlin” significó alcanzar una cumbre, o más bien un fondo, justificando una leyenda a la que se recurre bastante últimamente tan sólo por una razón: su grandeza. Cuestión de realismo crudo y desnudo.

Una obra de arte músico-lírica. Un disco de valor inestimable, de canciones influyentes y de cualidades inenarrables.

“The Kids”.

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