Mickey Newbury siempre quedará ensombrecido por la fama de su amigo Townes van Zandt, al que paradójicamente consiguió su primer contrato discográfico. Para los rastreadores de créditos, su nombre resultará familiar. A Newbury lo han cantado, entre otros, Alex Chilton, Ray Charles, Gene Vincent, Joan Baez, Roy Orbison, Elvis Presley, Robert Wyatt, Scott Walker, Etta James o Johnny Cash. Ahí es nada.
Nacido en 1940 en Houston, capital del crimen de la época, aprendió a escribir música durante los dos años en los que estuvo recluido, incapaz de salir de casa tras recibir una paliza a manos de dos desconocidos. Desde entonces se acostumbró a ir a todos los sitios con un arma. Con 19 años, tras foguearse en la escena doo wop de su ciudad natal, se unió a la Air Force y participó en una misión secreta de tres años en Inglaterra. En 1963 volvió a los Estados Unidos, dejó las fuerzas armadas y se dedicó a la pesca de la gamba en el Golfo de México, con lo que ganó lo suficiente para instalarse en una cabaña a las afueras de Nashville, donde empezó a escribir para Acuff-Rose. Newbury compuso la mayoría de sus grandes éxitos por aquel entonces. En 1968 publicó “Harlequin Melodies” en RCA, un disco que, según él, no consiguió transmitir la intimidad que buscaba. Hastiado, se fue a vivir a una casa flotante a las orillas de Old Hickory Lake, a tiro de piedra de los estudios Cinderella Sound, donde grabó los tres álbumes que aquí se recuperan: “Looks Like Rain” (1969), “'Frisco Mabel Joy” (1971) y “Heaven Help The Child” (1973) son discos-suite para los que Mercury y Elektra le dieron, por fin, pleno control creativo.


























