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ÁLBUM (2005)

MIKEL LABOA Xoriek 17

Elkar-Karonte
MIKEL LABOA, Xoriek 17
 

Fue la última obra del gran y añorado Mikel Laboa (1934-2008), un trabajo precedido por una década sin novedades discográficas en estudio. Además de un acontecimiento, parecía una despedida, y lo fue. “Xoriek 17” (2005) lo tiene todo: homenajes a sus referentes y maestros en guiños musicales y adaptaciones de poemas, su mezcla transversal de estilos, su coherente y sorprendente experimentación... Con 71 años, su álbum número 17 fue todo un manifiesto de vida y arte que merece ser recordado para siempre (fue escogido el noveno mejor disco nacional de la primera década del siglo XXI en este especial de Rockdelux). Aquí, la crítica original que se publicó en Rockdelux.

Es obvio que al dulce idioma del euskera no le han ayudado las vicisitudes políticas vividas en el País Vasco. Una lengua más suave que dura, contrariamente a lo que suele creerse, que quizá se haya visto afectada en su receptividad por el balance negativo de miedos, culpas y sangre que ha serpenteado trágicamente, a lo largo de tantos años, por la vida pública de Euskadi y, por extensión, de España (limitando todavía más las posibilidades de un mercado restringido).

Pero, sensorialmente, oír a Mikel Laboa es olvidarse de cualquier tipo de conflicto para dejarse abrazar por la música en sus formas más bellas. Bellas, que no fáciles. No hay maquillaje ni retórica en su trabajo, como ya han dicho otros antes.

Hay unanimidad en Euskadi en el grado de aceptación que se tiene de la obra y de la persona de Mikel Laboa. En 1990, ideado por Xabier Montoia (ya en su época final en M-ak), se editó “Txerokee. Mikel Laboa kantak”, LP de versiones del maestro a cargo de los grupos del momento en un guiño transgeneracional muy elocuente de su influencia en músicos de toda edad y condición: Delirium Tremens, Tapia eta Leturia, B.A.P., Su Ta Gar, los propios M-ak o Negu Gorriak, entre otros, le rendían homenaje. (Sabido es que Negu Gorriak tomaron su nombre, “Inviernos Crudos”, de una frase de la canción “Gaberako aterbea”, versionada en “Txerokee”, letra de Bertolt Brecht que Laboa hizo suya primero en un EP de 1969 y después en su álbum de 1989, “12”).

El guipuzcoano Mikel Laboa (Parte Vieja de San Sebastián, 1934) olvidó su profesión de neuropsiquiatra infantil para convertirse en el genio doméstico de la música vasca, su faro raro y su lumbre cumbre. En 1962, en un teatro de Zaragoza, cantó en euskera en público por vez primera. Ya no paró. Su estreno discográfico es un EP de 1964. En aquella época, su estancia en Barcelona para hacer la especialización de la carrera de medicina le permitió conocer de cerca el movimiento de la nova cançó a través de su colectivo articulador Els Setze Jutges. Inspirándose en aquellos mimbres de la canción en catalán, ayudaría a fundar la agrupación Ez Dok Amairu (“No Hay Trece”, según una leyenda popular; debutaron oficialmente sobre un escenario en 1966 y se disolvieron en 1972), diversos cantautores vascos configurados en ente artístico bendecido por el escultor Jorge Oteiza y con Benito Lertxundi, el bardo de Orio, erigiéndose en el otro pilar determinante. (También hay noticias recientes del oriotarra: ha publicado disco a finales de 2005, un recomendable doble CD, en este caso su primera obra en directo, “40 ustez ikasten egonak” –“Aquellos que llevan 40 años aprendiendo”–, donde repasa su trayectoria y ofrece dos temas nuevos; a los fans de Paolo Conte, aunque más domesticado, debería gustarles Lertxundi).

 
MIKEL LABOA, Xoriek 17

Ez Dok Amairu, diversos cantautores vascos configurados en ente artístico bendecido por el escultor Jorge Oteiza (a la izquierda).

 

“Xoriek 17” es un disco complejo, afectado por el estrés y la enfermedad en su largo proceso de gestación. Empezó a intuirse en 1996, pero se reorientó en 2001, cuando el escritor Bernardo Atxaga le lanzó un reto a Laboa: que se inspirase en ese mundo de los pájaros que tantas alas ha dado a su imaginación de pionero de la moderna canción en euskera. Mikel Laboa ha editado “Xoriek 17” (2005) once años después de su anterior obra en estudio, que fue “14” (1994). Acontecimiento.

Entremedias, su particular numerología aplicada a su trabajo creció con dos significativos discos en directo de espíritu aventurado, mezcla de folclore popular y collages naturales de vanguardia: “Zuzenean” (1997) y “Gernika-Zuzenean 2” (2000; arropado por el Orfeón Donostiarra y la Joven Orquesta de Euskal Herria, su música fue utilizada en 2003 por el cineasta Julio Medem en “La pelota vasca. La piel contra la piedra”, engrandeciendo el debate filmado), proyectos 15 y 16 de su trayectoria. “Xoriek” es el 17, curioso capicúa accidental que se forma con la edad de Laboa al editarse el disco en noviembre pasado: 71 años.

El CD se desarrolla en tres partes, la tercera de ellas, precisamente titulada “Xoriek”, bebe de esa simbología de las aves ya habitual en su imaginario, que, además, le conecta con el compositor francés Olivier Messiaen y sus fijaciones imitativas del canto de los pájaros en su búsqueda de la renovación del lenguaje sonoro. “Es un mundo difícil el de los pájaros”, ha asegurado metafórico Laboa. Inaugurados con silbidos de bienvenida, son cinco temas en honor a ellos; uno, “Agonia”, precioso, en italiano (con letra del “poeta puro” Giuseppe Ungaretti). Cierra este segmento y el disco entero la recuperación instrumental de la gloriosa “Txoria-txori”, canto de libertad y su momento eterno más conocido: “Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no habría escapado. / Pero, / así / habría dejado de ser pájaro / y yo… / yo amaba al pájaro”, poema de Joxean Artze musicado en su doble LP “Bat hiru” (1974), el número 1 y el número 3 de su ordenación temática (el 2, proyecto con canciones de Bertolt Brecht previsto para un triple disco, fue amputado por la censura franquista). Recordemos que “Bat hiru”, su álbum de debut, está considerado oficialmente el mejor disco vasco de la historia (y aparece en el puesto 35 de la lista de los mejores discos españoles del siglo XX según este Rockdelux 223).

“In Memoriam” es el segundo bloque del CD “Xoriek”. Echando la vista atrás, consta de cinco tributos a diversos artistas que han marcado la vida de Mikel Laboa. Hay recuerdos para James Joyce y Billie Holiday en dos lunáticas muestras de seudoinglés a lo Laboa, ese nonsense sugerente que remite a sus expresivos lekeitios (puzzles experimentales con músicas referenciales, gritos y onomatopeyas que intentan llegar donde las palabras, cargadas de significado, a veces no pueden) y que está solo al alcance de quienes habitan mundos propios (el homenaje al escritor irlandés, con un ligero estremecimiento a lo John Cale, aunque de aroma más tradicional, pivota sobre la aportación del reputado violinista escocés Alasdair Fraser).

 
MIKEL LABOA, Xoriek 17

La esencia de las cosas que realmente importan. Las que sugieren sus obnubilantes combinaciones de tradición y experimentación.

 

Siguen dos versiones de Jacques Brel y Atahualpa Yupanqui. Primero, un gutural “Ne me quitte pas” donde prima la fonética por encima de la letra, rememorando así el momento en que Mikel Laboa, a principios de los sesenta, escuchó el tema del belga sin conocer apenas el idioma francés. Un entrañable mensaje implícito a su pasado que no borra la sensación de, quizá, una oportunidad histórica perdida: el reto de oírla en vasco en su voz; de mito a mito con la traslación de una pieza mítica. Después, “Piedra y camino”, en castellano, del argentino Atahualpa Yupanqui, reafirma su amor iniciático por la canción latinoamericana de autor. Motivo por el que tampoco puede olvidarse de Violeta Parra, otra de sus grandes fijaciones, a quien recuerda honoríficamente en una acotación adjunta dentro de este apartado “In Memoriam”, trato de privilegio que también reciben Georges Brassens, Vincent van Gogh y Franz Kafka. ¿Es este disco una despedida? Ahondando en esa sensación, el quinto corte de este tramo dedicado al rescate de su memoria particular es la tribal “Loha-loa”, festival de txalaparta en un guiño conjunto a tres desaparecidos muy próximos: su amigo Agustín Salinas, el pintor Vicente Ameztoy y, sobre todo, Jexux Artze, compañero txalapartista y coautor del tema, de quien recupera su interpretación al reutilizar la grabación incluida en el disco “Sakanatik arbaila ttipira” (junto a Pello de la Cruz, Mikel Artola e Iker Muguruza).

El resto del CD son cuatro adaptaciones de letras de sus escritores preferidos y habituales: una de Bertolt Brecht (desde siempre un autor fetiche para Laboa), dos de Bernardo Atxaga (quien también recita en otro tema, el desolador “Negua”, a propósito de “La muerte de los pájaros” imaginada por el  poeta francés François Coppée) y otra de Joseba Sarrionandia (autor además de otro texto, airado y quizá resentido, en el bloque “Xoriek”), donde utiliza el mensaje del poeta alemán Friedrich Hölderlin y las voces de una colombiana, un palestino y una ucraniana emigrados a Euskadi en una muestra de fundamentalismo de las raíces.

De Bernardo Atxaga, vuelve por tercera vez a la composición “Galderak”, ya presente en “12” y, posteriormente, en el live “Zuzenean”. En esta nueva toma, menos free, la letra, un fragmento del poema “37 preguntas a mi único contacto al otro lado de la frontera”, se despereza bajo el manto protector del saxo soprano de Josetxo Silguero, quien en su ya larga relación con Laboa acostumbra a pasar de lo atrevidamente contemporáneo a la nitidez de un sonido excesivamente estándar.

En esta ocasión, y como ya es norma desde “6” (1985), el trabajo de “Xoriek 17” se sustenta en la labor del pianista de jazz Iñaki Salvador. Y junto a otros nombres punteros de la escena vasca, aquí participan Ruper Ordorika y Xabier Montoia (ambos pletóricos en la brechtiana “Preguntas de un trabajador ante un libro”; extraordinario manifiesto), así como JC Pérez (ex-Itoiz), la orquesta de cuerda Et Incarnatus (colaboradores de La Buena Vida) y, sorpresa, Lisabö, con su batería Aida Torres recitando y retando a Laboa en “Orduan”, la otra letra de Atxaga aquí presente, donde el amor, preso del habitual surrealismo amable del escritor, se libera en una especie de post-rock/post-hardcore de intensidad creciente.

Escuchar a Laboa es recuperar la esencia de las cosas que, en arte, realmente importan. Todavía. Las que sugieren sus obnubilantes combinaciones de tradición y experimentación aferradas a la poesía, a las canciones populares, donde el silencio cuenta tanto como los gritos, que no lo son, y las palabras ajenas, pero tan suyas, no dejan indiferente.

“Orduan”.

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