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ÁLBUM (2010)

NACHO UMBERT & LA COMPAÑÍA Ay...

Acuarela
NACHO UMBERT & LA COMPAÑÍA, Ay...
 

En el poblado y tan a menudo olvidado cementerio del indie español de los noventa hay una tumba a la que sigue peregrinando una pequeña cofradía para rendir respeto a uno de los discos más insólitos y ninguneados de esa época. El disco se llama “Adiós” y lo firmaron Paperhouse en 1996, un quinteto de Barcelona de escaso legado. Su obra se reduce a un par de singles y a ese único largo, un disco producido por Kramer en Nueva Jersey, diseñado por Javier Aramburu y publicado por Acuarela. Adiós y hasta nunca. Esa obra, creada al rebufo del slowcore más distinguido –moléculas de Codeine o Red House Painters–, ha resistido (bastante) bien el envite del tiempo y a pesar de algunas ingenuidades de la época –el tratamiento de la voz, por ejemplo– conserva varios fragmentos instrumentales que todavía deslumbran (“Oeste” es de lo más evocador que nunca ha grabado un grupo por estas latitudes) y enseña una amplitud de miras poco común en las bandas del momento: atreverse a apropiarse del “Doble cuerpo” que Pino Donaggio compuso para Brian de Palma no es, no era, moneda corriente.

Paperhouse fueron sepultados por el paso del tiempo, la revolución digital y la sobreexplotación del gusto. Sepultados, sí, pero ahí están, esperando pacientemente a que algún curioso se tope con su rastro y (re)descubra tres cuartos de hora de música con valentía y personalidad. Si Paperhouse tenía un, digamos, líder, este era Nacho Umbert, compositor casi único de la música de las canciones y coautor de las letras junto al teclista Álvaro Martín.

Casi tres lustros después de ese debut y despedida, Umbert reaparece inesperadamente con un álbum tan reacio a las clasificaciones como “Adiós”. Y lo hace, claro, en Acuarela, con la bendición de Raül Fernandez (Refree), cómplice de este retorno desde que escuchara unos temas a base de voz y guitarra acústica. Refree firma en “Ay...” una de sus mejores producciones poniendo al servicio de la voz (grave, en primer plano) y la palabra (los textos se desenroscan como pequeños cuentos de final abierto) una instrumentación esencial que logra con muy pocos elementos, pero bien colocados, dotar a las composiciones de la luz necesaria para que su potencial se despliegue en todo su esplendor.

 
NACHO UMBERT & LA COMPAÑÍA, Ay...

Casi tres lustros después de Paperhouse, Umbert reaparece inesperadamente, con la bendición de Raül Fernandez (Refree).

 

¿Y qué es “Ay...”? ¿Folk? ¿Indie rock? ¿Canción de autor? Todo eso y más. Umbert tiene cosas que decir y busca los caminos necesarios y correctos para comunicarlas. Cojan “Cien hombres ni uno más”, la apertura, relato de un pueblo marinero y canalla que habla de hombres quemados, putas, contrabandistas, pijas, calamares y turistas (y que inserta, con una naturalidad absoluta, unos cuantos versos en catalán): la canción se aleja literariamente de los lugares comunes y también lo hace el soporte sonoro con una base de piano, segunda voz (Sílvia Pérez Cruz) y chelo. Un inicio de sobresaliente que engarza con otras piezas del mismo nivel como “Colorete y quitasueño”, el retrato de un “niño marica” que acaba engullido por la noche con “tacones y plumas, colorete y quitasueño”. Una oblicua postal costumbrista con dos partes muy diferenciadas con abono de single de éxito en un territorio ideal.

Jesús Llorente, el hombre Acuarela, habla de Matt Ward y João Gilberto, entre otros. Posiblemente sean artistas que estén en la discoteca de Umbert, pero yo no los huelo. También de Bill Callahan, y aquí coincidimos: “Ay...” tiene ese aire entre solemne y primitivo de las últimas grandes obras del Smog. Y también tiene, digo, algo así como un reverso más humano y menos distante de Sr. Chinarro. Y unas sombras, quizás no premeditadas, del Luis Eduardo Aute más excelso.

Entre entrañables abuelos del Raval barcelonés (“Confidencias en el palomar”), desencanto cotidiano (“La verdad es que me da igual”) y estrenos teatrales frustrados (“Ensayo general”), el álbum va enseñando sus cartas de pequeña novela con música –violín, trompeta y guitarras acústicas en casillas estratégicas– para leer/escuchar con parsimonia y sin prejuicios. No será, me temo, un plato para todos los gustos: los mundos propios nunca lo son. Pero yo no dudo: “Ay...” es una de las mejores noticias de la última música hecha aquí. Esperemos que no sea el anuncio de otra despedida.

“Cien hombres ni uno más”.

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