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ÁLBUM (1996)

PAPERHOUSE Adiós

Acuarela
PAPERHOUSE, Adiós
 

El grupo Paperhouse es la prehistoria de Nacho Umbert. “Adiós”, publicado en 1996, fue el único álbum del gupo. Producido por Kramer, editado por el sello Acuarela y adscrito a un slowcore/post-rock que bebía de Codeine, Seam, Felt o Joy Division, la banda de Nacho Umbert sentó cátedra tras dos EPs canónicamente indies. Después, adiós, el silencio... Hasta que llegó “Ay...”, la celebrada reaparición de Umbert en solitario en 2010: catorce años de espera. Esta es la crítica del disco que escribió Juan Cervera en Rockdelux en marzo de 1996.

La conexión Acuarela-Kramer continúa dando buenos frutos, poniendo en el mercado trabajos que están muy por encima de la tónica general del nuevo pop español.

Después de los LPs de Sr. Chinarro y Beef, Nacho Umbert y sus Paperhouse han sido los bendecidos con una fructífera estancia en los estudios Noise de Nueva Jersey. El resultado, sin rodeos: admirable.

A su fama de pretenciosos y “artistas”, Paperhouse han respondido con una franca inquietud conceptual y logros que, sin prisas, iban mostrando la solidez cada vez más coherente de sus postulados. Entre la bisoñez –a pesar del buen hilo pop de “So Sorry”– de “Mundo Oz EP” y el ralentí a lo Slint que bañaba los surcos del single “Planeador”, se había dado un gran paso, reflexionado, resuelto con sensibilidad y sentido común.

Es el mismo que ahora se advierte entre ese EP y esta puesta de largo. En “Adiós” hay, claramente, una opción que se decanta más hacia el clima y la textura de un todo que hacia la individualidad de las canciones, con la concepción del sonido como pilar conductor, relegando al desván la inmediatez del estribillo o de una idea ocurrente. La nueva reescritura de “Azul mar”, recuperada de “Planeador”, es el ejemplo más ilustrativo: reforzada en su reptante lentitud, respaldada por un teclado apenas intuido, con la voz atrapada entre baterías marciales y guitarras de diamante. Podría ser post-rock, pero Paperhouse se automarginan de lo ambiguo de esta etiqueta recurriendo a una certera parafernalia poética que convierte sus extensos páramos instrumentales –los textos, en castellano, permanecen siempre en un segundo plano– en resortes que activan los armarios de la imaginación, la misma que hace que un álbum apuntalado sobre una idea casi única –la lentitud y la levedad vital como metáfora de la incomodidad existencial– acabe superando sus presupuestos y se transmute en algo perturbador.

Preñado de detalles mínimos pero estratégicos y evocadores –la sirena de “Soldado”, la reverencia a Morricone en la pequeña gema de “Oeste”, la (feliz) ocurrencia de recuperar a Brian de Palma vía “Doble cuerpo” (de Donaggio), la voz fantasmal que cruza la nebulosa de “Las estrellas también son grandes”, las seudocampanas del epílogo funerario de “Pesadilla en Navidad”–, “Adiós” tiene en la transgresión interna sus mejores bazas: lo que podía haberse quedado en un sobresaliente ejercicio de estilo arty acaba generando emoción pura, casi religiosa, instalándose cómodamente en los rincones más íntimos de la memoria.

“Oeste”.

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