Existen varios recopilatorios de Pascal Comelade, pero ninguno como la caja (numerada y limitada a mil ejemplares) “Bar elèctric 1975.2005” para darse cuenta de que los méritos del catalán nacido en Francia en 1955 van más allá de la invención de la ¿verbena post-moderna? Antes, una pequeña advertencia: el universo de Comelade en cuatro CDs (muy cuidado el diseño, muy tacaño en información) puede provocar una indigestión de belleza. Sus canciones se adaptan mejor al formato miniatura y sólo se hacen grandes en pequeños teatros, sin entornos agresivos. Los recopilatorios extensos de su obra le pueden robar el ambiente idílico a sus piezas de orfebrería, así que mejor tómese esta panorámica como algo a lo que acudir en pequeñas dosis, no sea que pierdan en el atracón la mejor de sus cualidades: ese detallismo hoy tan en desuso.
Al pensar en la obra de Comelade me vienen a la cabeza tres etapas bastante diferentes: la experimental y electrónica, la miniaturista y la folclórico-verbenera. El primero de los CDs (de 1975 a 1992) resulta fundamental por varias razones. Porque los diez primeros años de creatividad del compositor catalán son aún territorio desconocido para muchos de sus fans. Influido por Richard Pinhas, un joven Comelade se aventuró a recorrer el camino que años atrás habían abierto artistas como Steve Reich, Gavin Bryars, David Cunningham o Raymond Scott. Obsesionado con las posibilidades del sintetizador y con el sonido –denso y punzante– que le sacaba a la guitarra eléctrica su admirado Pinhas, Comelade va engordando un currículo que no desentona en la escena del prog-rock europeo de los setenta.




























