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ÁLBUM (2008)

PORTISHEAD Third

Island-Universal
PORTISHEAD, Third
 

Indiscutible mejor disco de 2008 para esta revista, como quedó reflejado en las listas publicadas en el Rockdelux 269, Portishead asombraron con un renacimiento inesperado alejado de los tópicos más previsibles del trip-hop. Se reinventaron a lo grande con un álbum brutal y arisco, incómodo y áspero, un artefacto de pop agrio que nos dejó estupefactos. Juan Cervera lo explicó en esta gran crítica.

Una opción era el silencio, dejar pasar el tiempo sin que la marca Portishead volviera a las estanterías. La otra, repetir la fórmula de “Dummy” (1994) y “Portishead” (1997) y empaquetar un nuevo catálago de suntuosas baladas de formato cinematográfico y ribetes sombríos y melancólicos. Quedaba la tercera, la de la ruptura y el punto y aparte, la del reinicio y la pirueta casi sin red. Geoff Barrow, Beth Gibbons y Adrian Utley han optado por la tercera. “Third” ha sido un parto con dolor, dilatado en el tiempo, con abortos consensuados y páginas en blanco sobre las que han subrayado una única consigna: no repetir los pasos andados en los dos discos anteriores, dos piedras de Rosetta del trip-hop que acabaron utilizadas hasta la saciedad como excusa de música “moderna”, fina y con un digerible toque de riesgo, ideal para sonorizar vestíbulos de hoteles lujosos y cafés de estética “avanzada”. Curiosa –merece un estudio– esta banalización de un estilo crucial en el pop de la década pasada que siempre se caracterizó por el plus de angustia y sombras que habitaba en sus magníficas canciones. Vale, la voz de Gibbons, siempre al borde del abismo emocional, era un anzuelo irresistible, pero lo global de la oferta de Portishead –y de Massive Attack y Tricky, los otros profetas– nunca fue precisamente la alegría de la huerta, al contrario: cápsulas de angustia urbana y estados mentales no precisamente equilibrados.

Esta vulgarización es la responsable de la década transcurrida entre “Portishead” y “Third”, y también de ese afán por insistir en desmarcarse de un estilo que hace años que dejó de ser sinónimo de riesgo y aventura. Y para volver a sentirlos –el riesgo y la aventura– el trío ha ensamblado un disco brutal y arisco, incómodo y áspero, un artefacto de pop agrio que no tiene equivalente alguno en lo que hoy se puede encontrar en el mercado (o sí: repetidas escuchas han acabado por ubicarlo en mi memoria personal en el mismo compartimento excepcional que las dos últimas entregas de Scott Walker). Barrow y Utley han declarado que “Third” empezó a tomar forma bajo el influjo más o menos consciente del krautrock y la electrónica primigenia (Silver Apples es un nombre que no esconden), del post-metal y el doom folk, del free jazz y las bandas sonoras de películas de escaso presupuesto. Y algo de todo esto puede detectarse siguiendo el rastro de sus once canciones. Pero, por supuesto, un disco no se valida exclusivamente con referentes, sino con la manera en que estos mutan y son filtrados.

 
PORTISHEAD, Third

Enfrentarse a la tensión, dominarla y habitar en ella. “Third” refleja esa lucha y ese esfuerzo. Foto: Adam Faraday

 

Y ahí está la grandeza de “Third”, en su asombrosa manera de digerir y depurar una dispersa mezcolanza de sonidos para entregar algo que parece llegado del espacio exterior, una cápsula de pop alienígena que probablemente será descifrada completamente en tiempos futuros. Entrar en este álbum –con ese sample en portugués que lo abre– es pisar un terreno cuajado de minas y sobresaltos. Es un ejercicio de constante sabotaje a lo previsible, de mutilaciones abruptas y seísmos poco amables: arenas movedizas donde las canciones luchan por mantenerse a flote en un score de percusiones marciales, guitarras distorsionadas, chelos obsesivos, saxos fantasmales y teclados en coma. Es tensión y desolación, ansiedad y claustrofobia.

La voz de Beth Gibbons es el único foco de seguridad al que asirse; sin ella, el álbum sería un objeto difícilmente identificable, el soundtrack de un virus letal encerrado en cajas de alta seguridad. E incluso con ella –con la voz–, “Third” es una constante amenaza en la sombra: los textos son escuetos pero perturbadores, retazos de una mente en constante flirteo con el abismo, telegramas de una identidad resquebrajada deseando una estabilidad improbable e imposible.

Enfrentarse a la tensión, dominarla y habitar en ella siempre ha sido un magnífico combustible para las grandes obras de arte. “Third” refleja esa lucha y ese esfuerzo –los dos polos opuestos aquí podrían ser “Deep Water”, una miniatura con ukelele que parece escapada del sótano de Alan Lomax, y “Machine Gun”, un monstruo de beat metálico y caníbal; curiosamente, se han secuenciado juntas–, esfuerzo y lucha que ahora están en el campo del oyente. El retorno de Portishead no es, felizmente, un disco-caramelo. Exige tanto como ofrece. Han vuelto para reinventarse y ensanchar el salto hacia el próximo paso. Si lo hay.

“Machine Gun”.

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