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ÁLBUM (1988)

PRINCE Lovesexy

Paisley Park-Warner Bros.-WEA
PRINCE, Lovesexy
 

Prince no es de los que se lo toman con calma. Cuando cualquiera en su posición emplea como mínimo dos años entre disco y disco, a él no parece afectarle el éxito en este sentido, y aún estás refiriéndote a su anterior trabajo como “lo último de Prince” cuando llega la noticia de un inminente LP. Él no es de los que necesiten de demasiados expertos en marketing para mantenerse en su puesto privilegiado, y es que nadie que lo conozca mínimamente espera “otro” disco de Prince, sino el “nuevo” disco de Prince. “Lovesexy” no es una excepción, y aunque no haya ni un minuto que transcurra sin referencias al pasado, suyo o de otros, el resultado sigue siendo nuevo.

No estamos ante otro “Sign ‘O’ The Times”, para bien y para mal, pues aquel fue uno de los hitos de su carrera, una colección de temas impagables de la que sería injusto exigirle una sucesión inmediata. Pero ahora, lejos de aquel eclecticismo con el que debutó sin The Revolution, podemos encontrar un LP compacto con un sonido que le caracteriza: sus desenfrenadas percusiones, esta vez más al desnudo que nunca, sirven de base para que casi todas sus influencias se superpongan, se alternen o choquen entre sí. Las armonías jazzísticas saben hacerse hueco entre las orientales, el rap es inteligentemente situado entre momentos de gran riqueza melódica, las secciones de viento escapan del soul en busca de un mayor protagonismo, las cadencias psicodélicas se desenvuelven en pleno énfasis discotequero, y su voz, su voz vuelve a ser John Lennon, Marc Bolan, Smokey Robinson, el pato Donald o todo un conjunto vocal a la vez. Un sonido también más comercial de lo que últimamente nos tenía acostumbrados. Pero del mismo modo que cuando se decidió a hacer uno de sus más experimentales trabajos (“Parade”, 1986) incluyó un “Kiss” que pudiera bailarse en todas las discotecas, aquí tampoco renuncia a la experimentación; experimentar siempre tiene algo de aventura, y hoy en día pocos músicos desafían tan a menudo al riesgo como lo hace él.

 
PRINCE, Lovesexy

Sus desenfrenadas percusiones sirven de base para que sus influencias se superpongan, se alternen o choquen entre sí.

 

Mientras que la mayoría de las pretendidas estrellas actuales no son más que simples yuppies agraciados por las listas de éxitos, Prince es de los pocos representantes del glamour que el cine abandonó a finales de los cincuenta para cedérselo a un recién nacido rock’n’roll; sus poses siempre tienen la naturalidad de un instante de quietud, y no parece ser de los que reparen en medios a la hora de hacer realidad sus caprichos. Aparte de Michael Jackson, no creo que nadie le supere en sus extravagancias, y la última es de las que bate récords: hace algunos meses, cuando su nuevo disco, conocido como “The Black Album” por su portada absolutamente negra, ya estaba acabado y hasta vendidos algunos ejemplares a mayoristas, el hombre se arrepintió y mandó que se quemaran las copias. Naturalmente, alguna sobrevivió a la quema, y no es necesario decir el interés con que son buscadas. Solo una de sus canciones ha sido incluida: “When 2 R In Love”, donde a partir de un motivo melódico en el más puro estilo Stevie Wonder desarrolla otro de sus típicos juegos vocales con varias pistas.

Hace varios años, cuando decenas de grupos de todo el mundo se empeñaban en revivir la psicodelia únicamente sacando a pasear sus restos, él fue de los pocos que supo darle nueva vida. Ahora, aunque cada vez un poco más lejos, su influencia sigue presente, totalmente asimilada como una más de sus características. “Glam Slam” es aquí el mayor exponente de ello, y también la bellísima “Anna Stesia”: “¿Has estado alguna vez tan solo que te sentías como si fueras la única persona del mundo? ¿Has querido jugar tanto con alguien que hubieras tomado cualquier chico o chica? Anna Stesia, ven a mí, háblame, hechízame, libera mi mente…”, para terminar arrepintiéndose al Señor por haberse olvidado de Él y alabando su Gracia. Sí, porque Prince se muestra en sus textos como un ferviente cristiano. Rechazando cualquier tipo de drogas, sus únicas alternativas son el sexo y el amor. El sexo como placer total, pero sobre todo como forma de amor y por debajo de este: “Yo no quiero hacerte el amor, solo quiero mirarte y escucharte”. Un amor que es ante todo (y se encarga de repetirlo a lo largo y ancho del disco) un modo de estar cerca de Dios. Con un idealismo casi anacrónico, se olvida de las tan de moda reivindicaciones concretas y solo pide una cosa, que nos amemos como Dios nos ama. “Nosotros necesitamos amor y honestidad, paz y armonía”, dice en el último tema, “Positivity”, la gema del disco, otro de sus barrocos collages sonoros donde todo resalta y a la vez encaja como un puzle, donde el desenfreno lleva al éxtasis y el éxtasis desemboca en la paz.

“Positivity”.

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