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ÁLBUM (2003)

ROBERT WYATT Cuckooland

Hannibal-Ryko-Naïve
ROBERT WYATT, Cuckooland
 

La excelencia del venerable Robert Wyatt volvió a quedar demostrada con “Cuckooland”, mejor disco del año 2003 según el Rockdelux 214. Una obra tocada por la magia de un veterano más allá del tiempo y del espacio. Juan Cervera comentó el rico tapiz tejido con la paciencia y el amor habituales en esta leyenda de la música británica.

El otoño nos devuelve a la vida (musical) a Robert Wyatt, casi ausente –con la excepción de tres aportaciones vocales a la banda sonora del documental “Nómadas del viento” (2001)– desde la publicación en septiembre de 1997 de “Shleep”, reeditado en 2002 con el añadido de “September In The Rain”. Es una buena y gran noticia y no únicamente porque el ex Soft Machine no se prodigue en exceso, sino porque “Cuckooland” contiene, como no podía ser de otra manera tratándose de Robert Wyatt, algunos de los minutos más hermosos, distinguidos y emocionantes que se pueden –y podrán– escuchar desde hace tiempo.

Desde su retiro campestre en Lincolnshire junto a su inseparable Alfreda Benge –responsable, por supuesto, del diseño artístico del exquisito digipack– y sin presiones de ningún tipo –hace tiempo que Wyatt tiene perfectamente asumido su papel de outsider de la industria, de creador para minorías–, el firmante del mítico e inconmensurable “Rock Bottom” (1974) –clasificado en el número 55 en la lista de los mejores discos del siglo XX publicada en el Rockdelux 200– rubrica un retorno generoso –setenta y cinco minutos divididos en dos partes separadas por treinta segundos de silencio (suficiente para cambiar de disco: la ironía que no falte), dieciséis nuevas composiciones–, grabado a caballo entre el estudio londinense de Phil Manzanera y su hogar en Louth, que lo resitúa como una estrella solitaria y errante en el firmamento de la creación, fuera del tiempo y anticipándose a él.

Los patrones más cercanos a la canción pop que iluminaron los pentagramas de “Shleep” mutan nuevamente en “Cuckooland” hacia el amplio caudal estilístico del jazz, pero desde una perspectiva imprevisible, etérea y de ventanas abiertas, mirándose en las ondulaciones del free jazz y en el clasicismo más cool. El poder mágico de Wyatt para crear melodías de cristal y seda, siempre a punto de resquebrajarse o levitar, tiene en “Forest” y “Beware” algunas de sus mejores y más claras evidencias, canciones que con una producción “normal” o estandarizada dignificarían cualquier lista de éxitos. Todo el álbum está recorrido por esa sabia y tenue melancolía que su voz de pájaro herido traduce con un magisterio natural reservado exclusivamente a los verdaderamente originales.

 
ROBERT WYATT, Cuckooland

Robert Wyatt, el gigante de la voz de elfo, tiene perfectamente asumido su papel de creador para minorías. Foto: Alfie Wyatt

 

Rodeado por camaradas que casi nuncan faltan a su llamada –Annie Whitehead, Brian Eno, el propio Manzanera–, asistimos a pequeñas reflexiones personales (“La esperanza todavía puede ser buena”), a una magnífica y carnal recreación del romance parisino entre Miles Davis y Juliette Greco (“Old Europe”, con los saxos y el clarinete del israelí Gilad Atzmon, presente en otras cuatro composiciones) o a recuerdos a los gitanos asesinados por los nazis, a la invasión de Irak, a Hiroshima y la amenaza nuclear y al eterno conflicto palestino. Temas trascendentales –demasiado, dirán algunos– que Wyatt regurgita en pura poesía sonora, sin necesidad de recurrir a la evidencia más tópica ni de levantar la voz con arrogancia. La desbordante humanidad del intérprete del “Shipbuilding” compuesto por Elvis Costello se aposenta en los oídos del oyente como un bálsamo gentil y misterioso que fascina, relaja, interroga y cura.

Teclados que parecen suspendidos en el viento, metales cálidos y nocturnos, guitarras de electricidad exacta –David Gilmour en “Forest”, Paul Weller en “Lullaloop”–, contrabajos arenosos, percusiones susurrantes, coros de celofán y la importante presencia de Karen Mantler (hija de Carla Bley y del trompetista y compositor Michael Mantler), quien firma tres canciones y se encarga de soplar la armónica, definen el paisaje de “Cuckooland”, un refugio de matices y colores pintado con el intelecto y el corazón para dignificar sin renuncias una música comprometida ética y estéticamente.

No faltan, por supuesto, las versiones, especialidad en que Wyatt se ha matriculado como médium sin igual: escuchen “Raining In My Heart” (Buddy Holly), diluida en un prístino instrumental de piano, o “Insensatez” (Antonio Carlos Jobim/Vinicius de Moraes), arrullada por la armónica y la garganta de Mantler. Son epifanías de un todo indivisible, de un rico tapiz tejido con paciencia y amor por Robert Wyatt, el gigante de la voz de elfo. Bienvenido de nuevo, siempre.

“Insensatez”.

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