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ÁLBUM (2018)

ROBYN Honey

Konichiwa-Island-Universal
ROBYN, Honey
 

Ocho años sin sacar un disco no es lo habitual en un género como el pop y en un mundo en el que el consumo rápido se ha vuelto la norma. Pero Robyn, que de retornos improbables sabe un rato, no es una estrella cualquiera. Nadie como ella encapsula en su música esa sensación de que las posibilidades son infinitas, de que está bien bailar solo en la pista y de que la melancolía no tiene que ser necesariamente un pensamiento debilitante, sino fortalecedor. “Honey” supone un renacimiento para la sueca no tanto artístico –porque ella nunca se ha caracterizado por dar sacudidas a su sonido–, sino vital. Ha sido un período en el que ha hecho frente a un enorme tumulto emocional: su amigo y colaborador desde los 15 años Christian Falk falleció, y en 2014 rompió con su novio, el director Max Vitali (aunque la llama de ese amor se ha reavivado desde entonces).

Las canciones de “Honey”, creado entre París, Los Ángeles, Londres, Ibiza y Estocolmo con Adam Bainbridge (Kindness), Joseph Mount (Metronomy), Mr. Tophat y Klas Åhlund, fueron catalizadas por sesiones de psicoanálisis y noches sin sueño, convirtiéndolo en uno de sus álbumes más club, influenciado por sus colaboraciones con Röyksopp. Partiendo del post-disco, es una regresión existencialista al pasado, adornada por arpegios de fantasía, hacia el house de los noventa: de Crystal Waters a, claro que sí, “Show Me Love”, aquel hit proto-Robyn de su etapa como estrella pop convencional.

Robyn decidió secuenciar “Honey” cronológicamente según fue terminando los tracks, trazando un arco que la ve, al inicio de la narración, haciendo frente al drama sobre sus cenizas. Por el camino, la sueca se exhibe como máquina de reducir en frases-proclama sentimientos universales como el de escuchar una canción que te conecta con alguien especial, referirse a esos espacios vacíos que deja un ser querido cuando ya no está ahí o celebrar ese hedonismo irrefrenable que te hace salir de fiesta pese a todo. El final, en el que da puerta al desconsuelo, es de una nota positiva y de una aceptación personal sencillamente ejemplar. Es esa madurez que esperábamos que alcanzase, y también ese faro de esperanza tan necesario en los tiempos que corren.

“Honey”.

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