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ÁLBUM (2010)

SALEM King Night

Iamsound-Sony
SALEM, King Night
 

Vienen con todos los números para que desconfíes de ellos: imagen premeditadamente enigmática, EPs en sellos minúsculos (por supuesto, agotados), un currículo con entradas de drogas duras y sexo gay de compra-venta, alabanzas en la blogosfera –sí, ese ente repleto de basura flotante informativa–, conciertos catastróficos... El grupo perfecto para arrugar la nariz y darle al clic de a otra cosa, mariposa. Pues no. Aquí hay chicha y veneno, contaminación acústica (de la buena) y esa cosa difícil de explicar pero cada vez más rara de encontrar en los grupos de hoy: misterio, ese que se le presupone que debe aportar la música –o cualquier forma de expresión artística– para que la experiencia se inocule en la epidermis y vaya más allá de la mera contemplación distante y estúpida.

Salem son tres –Heather Marlatt, John Holland y Jack Donoghue–, empezaron a emitir desde Michigan en 2008 –dos EPs: “Yes I Smoke Crack” (Acéphale), “Water” (Merok)– y son capaces de convertir a Bruce Springsteen y The Velvet Underground en viscosos pedazos de música fantasmal y enfermiza, en cadáveres de la cultura popular revisitados por los peores (o mejores) sueños de David Lynch (busquen en la red sus apropiaciones de “Streets Of Philadephia” y “Femme Fatale” si van de incrédulos...). Algunos lo llaman “witch house”, una de las etiquetas más tontas y risibles de las surgidas últimamente en un mundo que parece no existir si no es convenientemente compartimentado y etiquetado. Flaco favor para una música que el primer tanto que tiene a su favor es, precisamente, el de escurrirse entre los dedos para ser catalogada. Lo intentamos: atmósferas de sintetizadores corroídos, bajos reventados en discotecas de extrarradio, recitados que parecen escapados de psicofonías de una película de terror barata, cantos seudogregorianos filtrados por una secta satánica y voz (femenina) flotando en un barreño de formol tras un chute de caballo adulterado. ¡Uff! Más: Salem parecen el modelo perfecto para habitar la próxima barbaridad literaria de Dennis Cooper –basura blanca chapoteando en un fango de armas de fuego, opiáceos y mariconeo chungo–, son Cocteau Twins colgados de crack en un hotel del Tenderloin de San Francisco, Burial con el pitch bajo mínimos, My Bloody Valentine deslizándose por un túnel de apatía sin fin, el sueño húmedo y violento de los góticos del nuevo milenio, Crystal Castles con el catálogo de beats extraviado...

 
SALEM, King Night

El sueño de los góticos del nuevo milenio. Foto: Shawn Brackbill

 

¿Demasiadas metáforas? Probablemente, pero el contenido de “King Night” se presta –ya desde el nombre del trío, la portada con inquietante iconografía cristiana, las camisetas que lucen con el símbolo de la paz invertido, los títulos de las canciones (“Frost”“Sick”“Killer”,“Trapdoor”)– a hacer literatura para penetrar y arrojar luz sobre un diseño sonoro que cocina en la misma olla referentes de neoclasicismo y música industrial, gótico oscuro y shoegazing turbio, dubstep abisal y slowcore extremo, hip hop reptante, ambient pringoso, crunk con anestesia y black metal ilustrado. Sí, hay misterio y un clima que envuelve y embruja (oh: “witch”) mientras se suceden los casi cuarenta y cinco minutos de un debut largo que justifica y amplifica las entregas previas. Sí, todo este planeta de crueldad, abuso y noche negra del alma ya estaba en los surcos de los EPs previos pero aquí se eleva hasta cotas de notable vértigo. Prueben –a todo volumen– con “Redlights”, rescatada del primer EP: sus radiaciones lo-fi han crecido sin perder efectividad gracias a las mezclas de un Dave Sardy que ha sabido respetar estas ráfagas de hielo amargo mientras las abrillantaba para reventar bafles y iPods.

Aunque operen en terrenos opuestos (¿seguro?), Salem me despiertan similares sensaciones que en 2009 degusté con el debut de The xx: un uso inusual de los recursos electrónicos, goteos de sexualidad enferma, cierto romanticismo con aroma de podredumbre, tableros de beatsprecisos, declinaciones de un minimalismo que crece escucha a escucha y un balanceo perfecto entre lo desconocido y los referentes a un pasado perdido. Entren en la habitación sin ventilar de “King Night” y experimenten el pellizco de la asfixia y el miedo, de la suciedad y la impotencia, de la poesía y la muerte. Mal rollo, gran disco. 

Etiquetas: 2010
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