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ÁLBUM (2005)

SALIF KEITA M'bemba

Universal
SALIF KEITA, M'bemba
 

Se sabe que las mejores voces del mundo están en África Occidental, donde una vez, a partir de 1240, se vivió el esplendor del Imperio de Malí liderado por el guerrero Sundiata Keita, antepasado, “ancestro” (“m’bemba” en lengua bambara), de Salif Keita (56 años), el hombre de voz dorada que reinó hace casi dos décadas con el electro-mandinga “Soro” (1987) y que, tras una travesía intermitente por el laberinto de las fusiones bastante, poco o nada afortunadas (teclados todoterreno procurando descargas de afro-funk blanco, tics jazz-rockeros o cortinas de paisajismo electrónico un tanto sinfónico, por otra parte ya presentes en el emocionante “Soro”, así como en muchos de sus conciertos), ha vuelto a sentarse en el trono de los privilegiados coincidiendo con su regreso a su país desde Montreuil, en las afueras de París, donde vivía desde 1984. En su decisión de instalarse definitivamente en la República de Malí (tras un primer intento frustrado en 1991) ha influido, entre otros factores personales, el esperanzador triunfo en las elecciones presidenciales de 2002 del ex militar y experto en acciones humanitarias Amadou Toumani Touré, figura clave en la democratización del país y mediador en conflictos internacionales. El objetivo es sacar a Malí del grupo de los diez países menos desarrollados del planeta; Salif Keita quiere estar cerca para ayudar.

Con aciertos musicales o sin ellos, Keita jamás ha perdido la dignidad artística, y es ampliamente respetado y admirado por la aristocracia del pop más o menos consecuente: Joe Zawinul, quien en su única producción ajena se hizo cargo de los arreglos y la orquestación de “Amen” (1991), con las colaboraciones estelares de Wayne Shorter y Carlos Santana (se rumoreó que Quincy Jones hubiese querido producirlo); Wally Badarou, quien le produjo “Folon... The Past” (1995); Vernon Reid, coproductor de “Papa” (1999), donde también intervinieron Grace Jones o John Medeski; Cesária Évora, abriendo “Moffou” (2002) a dúo con Keita; Buju Banton, presente en este “M’bemba”... Todos rendidos a sus canciones de ritmos fragmentados y complejos, con recursos superpuestos en paralelo; sus espirales melódicas, repetitivas, circulares; sus arreglos vocales inauditos... y su mensaje universalista dando rienda suelta a una moral aleccionadora; sentimientos de denuncia y cautela, entre plegarias a Dios, a la búsqueda de la pureza y el amor fraternal.

Afincado en la capital, Bamako, el negro-blanco Salif Keita está viviendo su momento más dulce, como confirma sobradamente “M’bemba”, continuación del magnánimo y acústico “Moffou”; encadenar dos obras mayores es un hecho que jamás se había producido en su ya larga carrera.

 
SALIF KEITA, M'bemba

Rendidos a sus canciones de ritmos fragmentados y complejos, sus espirales melódicas, repetitivas, circulares...

 

Qué lejos queda su estreno en la Super Rail Band du Buffet Hôtel de la Gare de Bamako a principios de los setenta, en la época de las grandes bandas de Malí esponsorizadas por los gobiernos regionales del país. De aquella factoría de música exuberante, obnubilante y adictiva comandada por el griot-jazzman Tidiani Koné, Salif Keita pasó, en 1973, a los más universales Les Ambassadeurs du Motel de Bamako, encomendándose al pupilaje del maestro guitarrista Kanté Manfila y deseoso de profundizar, aventurado y ambicioso, en su crecimiento artístico. En 1978, dejaron Malí por razones políticas y se refugiaron en Abiyán, Costa de Marfil. Keita inició entonces un largo nomadismo internacional que ha durado más de dos décadas. Convertidos en Les Ambassadeurs Internationaux, el mayor tesoro de aquellos años fue “Mandjou” (1978), disco por momentos majestuoso que ya anunciaba el inmenso potencial de Salif Keita. Precisamente, rememorando aquella época, dos de sus miembros más relevantes, Manfila y el reputado guitarrista guineano Ousmane Kouyaté (ya presentes en otros discos de Keita en solitario), acompañan al albino de oro en el actual “M’bemba”.

Reincidiendo en la línea de “Moffou” (álbum que tomó el nombre de su club-centro cultural en Bamako y que en 2004 dio lugar a un anecdótico disco de remezclas y a un entrañable DVD de clips africanos), “M’bemba” es un going back to his roots donde se muestra plenamente consciente de hacia dónde quiere encaminar sus pasos a partir de ahora. Porque Salif Keita aspira a convertirse en granjero, a lo Ali Farka Touré, y reza por no acabar sus días como músico; le pesa en la conciencia saber que su padre se opuso radicalmente a su trasvase griot y en honor a él anuncia un futuro alejado de la música, trabajando en el campo. Habla del respeto (y el perdón) a su padre, quien le reprobó por romper su linaje noble y convertirse en trovador y quien, antes, de niño, le había ninguneado por ser albino (símbolo de mala suerte, fruto de las supersticiones africanas)... Pudieron reconciliarse antes de su muerte en 1995 y a él dedicó “Papa”, álbum y sentida canción.

Aunque ya se ha hablado suficientemente del oro rutilante de su garganta inmensa, del poder magnético de los melismas torrenciales de su estremecedor y descomunal chorro de voz, una bofetada de belleza en estado puro, habrá que insistir todavía más en ello en esta etapa malí que oficializa el adiós a las sobredosis de teclados y ritmos programados que caracterizó, y a veces lastró, como ya se ha dicho, su crecimiendo universal post-“Soro” desde el inmediatamente posterior “Ko-Yan” (1989). Porque ahora, felizmente, aplicando un factor de corrección progresivo a ese abuso de la tecnología, Salif Keita es simplemente su voz sumada a la cadencia africana de las cuerdas y las percusiones sin más aditivos: la perfección. Envidiable estado que coincide con la reciente y extraordinaria recuperación de otro manjar exquisito: el recomendable “The Lost Album” (2005), material acústico de 1979 interpretado junto al fino guitarrista Kanté Manfila, canciones de ricos desarrollos a la altura de las de “Mandjou” o “Soro”.

 
SALIF KEITA, M'bemba

Imperial Keita. El hombre de la voz de arena, con sus arreglos vocales inauditos... El mejor cantante del mundo.

 

Aunque en 1997 trabajó en algunas sesiones de “Papa” en Bamako, y así está acreditado en el cuadernillo del CD, aquellas grabaciones finalmente se desecharon por incompatibilidades técnicas con la parte registrada en Nueva York, de muchísima mayor calidad. Así pues, es “M’bemba” el primer disco de Salif Keita oficialmente grabado en su país, en su estudio a orillas del río Níger, en Bamako. Producido, al igual que “Moffou”, junto a Jean Lamoot (del grupo Gekko; ha trabajado de mezclador o de productor, entre cientos, para Alain Bashung, Noir Désir, Juliette Greco, Keren Ann, Mano Negra, Dominique A o Brigitte Fontaine), aquí lo que prima y priva es su espíritu acústico. Es un volver a tomar posiciones en la línea de salida. En una decisión nacida en libertad y con la experiencia de una trayectoria exitosa, el hombre de rostro esculpido en arena de Tombuctú que fue menospreciado por apartarse de la tradición consigue en el siglo XXI arroparse con ella para rendir homenaje, y no solo simbólicamente, a sus ancestros en una preciosa muestra de humildad y reconocimiento, postrándose ante lo que antes había renunciado, vital y musicalmente. De joven rebelde y marginado a símbolo internacional de su pueblo y trabajando por respetar sus costumbres.

“M’bemba” son diez temas de largo recorrido, casi todos de más de cinco, seis, siete y ocho minutos, con aceleraciones suaves para aligerar el tempo y servir mesurados crescendos que descubren la esencia del funk tradicional, con su antológica voz imponiéndose (especialmente en las completísimas “Laban” y “Yambo”). De refilón, o en espíritu, se podría hablar de compás cubano en “Tu vas me manquer”, soukous congoleño en “Calculer” o morna caboverdiano en “Dery”. Lo peor es “Ladji”, reiterativo intento de pop universal arábigo-indio-jamaicano con la presencia estentórea de Buju Banton. Es el contrapeso de un disco donde el maestro de la kora Toumani Diabaté y las percusiones sobrias del antillano de origen Mino Cinelu suman calidad, estilo y distinción. ¿Lo mejor? Los últimos dos temas. En un juego de espejos con la historia, tres hermanas de Salif Keita cantan en la soberbia y desgarradora epopeya titular, dedicada a su “ancestro” del siglo XIII Sundiata Keita. Es el preámbulo al lamento de “Moriba”: Salif a pelo, desbocado y flamenco, bajo la compañía casi exclusiva de las siete cuerdas del simbi y unas voces femeninas contrapunteando en una mántrica deriva hacia un extraño abismo casi free, remate especial a un álbum consagrado al amor y a la felicidad.

“M’bemba” es la prueba: Salif Keita, más que nunca, el mejor cantante del mundo. Imperial.

“M’bemba”.

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