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ÁLBUM (2012)

SCOTT WALKER Bish Bosch

4AD-Popstock!
SCOTT WALKER, Bish Bosch
 

Decir que Noel Scott Engel es uno de los grandes enigmas de la música es decir bien poco (o nada), como también lo es afirmar que desde “Climate Of The Hunter” (1984), su único álbum en la década de los ochenta, el antiguo Walker Brothers tomó unos derroteros insólitos, embarcándose en un viaje de riesgo nada común en artistas con un pasado pop rutilante como el suyo.

Sus discos posteriores –“Tilt” (1995) y “The Drift” (2006)– se asomaron a un impresionante abismo creativo que casa más con la música de vanguardia que con esa cosa que conocemos como pop. Conceptualmente –entre Ceaucescu y Pasolini, coloquen todo lo que quieran– y musicalmente –abstracciones y silencios, cabaret funerario, fumigaciones de rock y electrónica con esporas contaminadas–, esos álbumes no tienen parangón alguno. Los hace Scott Walker o no existen. Así de claro.

Su nueva entrega, que algunos han querido ver como el cierre de una trilogía iniciada con los dos discos anteriormente citados, toma el testigo de “The Drift” y lo amplia en una ceremonia dominada por su impresionante voz de barítono alucinado y quirúrgico entre ráfagas de efectos de sonido, baterías obsesivas, riffs de guitarra que resuenan como mordiscos de thrash metal, intromisiones febriles de orquestaciones amenazantes y sarpullidos de música concreta. No, no es un menú al que esté acostumbrado el común de los mortales. Es música que exige. Mucho: intelectual y emocionalmente, los ángulos de “Bish Bosch”, tan alejados de los patrones que forman una “canción”, demandan un esfuerzo que se multiplica en esta época de consumo rápido y superficial. Este no es un disco iTunes, no es un disco iPhone, no es un disco iPod. Es, de alguna manera que no deja de ser irónica, “música antigua”, en el sentido de que enlaza más con las vanguardias de las primeras décadas del siglo pasado que con lo que se cuece en la actualidad en los cenáculos de lo “avanzado”. En su tapiz sonoro austero y, al mismo tiempo, exuberante, disonante y sucio, operístico y expresionista, se reflejan, distorsionados, el Schoenberg de “Pierrot Lunaire” (1912) y el Berg de “Lulu” (1937), dos referentes rupturistas que encajaron en estas (y otras) obras toda la miseria de una época que ya intuyó los tumores que desembocarían en las dos guerras mundiales.

 
SCOTT WALKER, Bish Bosch

El gran enigma. Discos así no tienen parangón alguno. Los hace Scott Walker o no existen. Así de claro. Foto: David Evans

 

Las normas no se hicieron para “Bish Bosch”: hay piezas que oscilan entre los dos minutos y los casi veintidós; hay silencio(s) y humor –el momento samba de “Phrasing”–, mitología y crueldad, hielo y fiebre. Como en las imágenes de Leos Carax –con quien Walker colaboró componiendo el soundtrack de “Pola X” (1999)–, estas canciones parecen el detritus de (malos) sueños, migajas de pesadillas, poesía macabra rebozada en romanticismo terminal. Es la belleza de la herida, el resplandor de la putrefacción moral y social. La incomodidad que produce su escucha se ve ampliamente recompensada por lo asombroso de su desarrollo, por la tensión inesperada –aquí no hay nada previsible, incluso tras repetidas audiciones–, por la alegría que proporciona su desafiante libertad.

Alguien ha dicho que el problema del Walker del siglo XXI es que se enfrenta a la música como si fuera un árido ejercicio intelectual. Disiento: por encima de su milimétrico diseño como monumental pieza de avant-garde, todas y cada una de estas notas y palabras tienen el misterioso poder de clavarse en el centro neurálgico de los sentidos. Probablemente no entendamos el “mensaje”... pero nos fascina y nos hipnotiza durante todo su recorrido. Algo que únicamente logra el Arte, con mayúsculas.

“Phrasing”.

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