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ÁLBUM (2006)

SCOTT WALKER The Drift

4AD-Popstock!
SCOTT WALKER, The Drift
 

No, el mundo no está preparado para un nuevo álbum de Scott Walker. En tiempos de fast food cultural, de convicciones débiles y de imperios porosos, un disco como “The Drift” y un artista como Walker representan una conciencia demasiado dolorosa y penetrante, un arte tan descarnado y real que la mayoría de los mortales no están dispuestos a soportar. Su sola existencia es ya un acontecimiento de primera magnitud, pero al gran teatro de la cultura pop, anestesiado por mediocridades y neutralizado en su poder de revulsivo y espejo de la realidad, únicamente le queda el recurso de replegarse vergonzosamente ante monumentos como este y tildarlos de “pretenciosos e impenetrables”. Una cobardía que el tiempo sepultará, algo que, por supuesto, no ocurrirá con “The Drift”, una piedra preciosa que seguirá intrigando e hipnotizando a exploradores del futuro.

El caso Walker es, recordemos, uno de los más fascinantes de la historia de la música popular. Nacido como Scott Engel en enero de 1943 en Hamilton, Ohio (Estados Unidos), alcanzaría la notoriedad en Inglaterra a mediados de los sesenta con los (falsos) The Walker Brothers, un trío engendrado junto a John Maus y Gary Leeds. Un par de años de éxito masivo, la separación de los “hermanos” y el inicio de una carrera en solitario que le reinventó como artista incómodo y poco convencional, transmutado en crooner del lado menos amable de la vida. Con Jacques Brel como faro, los cuatro “Scott” editados entre 1967 y 1969 permanecen como una cumbre del pop de esa década, una isla fértil y exuberante donde han fondeado David Bowie, Marc Almond, Neil Hannon, Bryan Ferry, Richard Hawley, Edwyn Collins, Jarvis Cocker, Julian Cope, Nick Cave y todos quienes saben que la voz humana es el instrumento más inmediato y emotivo que existe. Walker no solo le quitó el polvo al concepto de crooner, también se dedicó a derribar obstáculos en su papel de compositor imaginando lujuriosas y cinematográficas viñetas con subtextos –suicidio, totalitarismos, sexo– que no impidieron su ascenso en los charts de la época. Tras “Scott 4” (1969), el telón (casi) se cierra: Walker se convierte en un misterio, en un personaje huidizo, recluido con sus fantasmas y sus tormentos. Seguirían varios álbumes con escasa repercusión y una coyuntural reunión con los “hermanos” que se finiquitó en 1978 con “Nite Flight”. Y el telón baja de nuevo, definitivamente, hasta que Fontana pone en la calle en 1984 “Climate Of Hunter” (reeditado este año por Virgin), la piedra fundacional de la última etapa del genio, un guadianesco deambular que desde entonces ha producido “Tilt” (1995), el soundtrack de “Pola X” (1999) y ahora este “The Drift”, auspiciado por los samaritanos de 4AD.

 
SCOTT WALKER, The Drift

Este “The Drift” es una piedra preciosa que, sin duda, seguirá intrigando e hipnotizando a exploradores del futuro.

 

La (escasa) obra de los ochenta y noventa ya dejó patente que el compromiso de Walker únicamente era con su arte, con su personalísima manera de entender la creación poética y musical. Tanto “Climate Of Hunter” como “Tilt” eran cimas (y simas) donde el compositor tendía puentes entre lo personal y lo colectivo sin recurrir a lo manido y/o previsible. Discos ariscos y hermosos cubiertos de sombras y tinieblas, de sinuosas epifanías y de agujeros negros donde perder y reencontrar la identidad. La cuerda todavía se tensa más en “The Drift”, un álbum que más que nunca ya no admite etiquetas, donde el pop y la experimentación se rozan sin dañarse, donde lo enigmático rezuma tortura y densidad, donde los interrogantes se despliegan en porciones sónicas que oscilan entre el escueto minimalismo y el apasionamiento barroco. Con la complicidad de sus colaboradores de los últimos años –Peter Walsh, Brian Gascoigne, Ian Thomas, Hugh Burns...–, Walker recrea el callejón sin salida al que ha llegado el “hombre sin atributos” de Musil, el suicido emocional donde se disuelve ese “amor líquido” de Bauman que únicamente puede llevar a la desconfianza y la desesperación. “The Drif” es, como su título, un tornado que sobrevuela la tragedia de un siglo XX que tiene continuidad, en lo negativo, en el XXI. Habla del 11-S de 2001 y de los Balcanes, de Mussolini, Elvis Presley y el Pato Donald. Y lo hace, por supuesto, desde perspectivas oblicuas y extremas que nada tienen que ver con el panfleto ni con la poesía de centro comercial. Entre la oscuridad saltan chispas de refulgente desesperación (ese “I am the only one left alive” al final de “Jesse” hiela la sangre, rasga el alma) y la Voz recorre todo este sueño profético con una resonancia chamánica, como de otro mundo, una voz que levita sobre orquestaciones entre Bernard Herrmann y Krzystof Penderecki, que chorrea sobre escuetas percusiones, respira en porciones de ópera contemporánea o acompaña a una solitaria guitarra acústica (“A Lover Loves”, un cierre que parece una recompensa “normal” tras una hora de pesadilla). Esperemos que la década no termine sin más noticias de Scott Walker. El mundo seguirá sin estar preparado, pero hoy, más que nunca, el mundo necesita a artistas como él: exigentes, incómodos, intuitivos. Enteros.

“A Lover Loves”.

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