Lo ha dicho en algún sitio: “No quiero que se me identifique más con la escena dubstep”. Y no seremos nosotros los que repartamos chips de identificación a perpetuidad. Ollie Jones quiere dar el salto a algo más amplio y menos restringido y tiene todo el derecho del mundo a hacerlo. Atrás quedan los tiempos de tendero en Big Apple Records, los experimentos adolescentes con platos y maquinitas y la inmersión en el océano de graves y reverberación que acabarían dando color a la pátina dubstep. Atrás queda el icónico “Midnight Request Line” (2005), uno de los himnos del género, un año antes de que su debut largo, “Skream!” (2006), se convirtiera en uno de los pilares de la escena gracias a segmentos de adicción instantánea como el inflamado “Check-It” (a medias con Warrior Queen) y “Summer Dreams”. No era Burial, claro, pero sí uno de los diarios de dubstep más precisos y amenazantes gracias a una rara sensibilidad melódica para construir inquietantes segmentos sintéticos de regusto cinematográfico flotando sobre el detritus de un Caribe digital.
Jones, al borde de los 20 años, convirtió su nombre en referencia imprescindible en las giras que llevaban por el mundo la buena nueva y en patrón a seguir para los instigadores del último grito cultivado en las calles del sur de Londres. Su serie de maxis “Skreamizm” cimentó su estatus de pequeño-gran gurú que, a la chita callando, empieza a asomar la nariz en las estancias infinitas y más elásticas del pop. Llegaron las solicitudes de remezclas –Klaxons, Dave Gahan, Bat For Lashes...– y con una sonó la flauta: su calentamiento en 2009 del “In For The Kill” de La Roux traspasó barreras, vendió lo que quiso y acabó en anuncios de videojuegos y series de televisión. Mientras se iba cociendo el segundo álbum oficial, vinieron algunos CD-mixes –busquen “Watch The Ride” (2008)– y la progresiva salida de foco –cosas de la velocidad– de un estilo que todavía no lo tiene todo dicho: ahí están, en largo, los últimos trabajos de Ikonika, Digital Mystikz o Scuba. Pero Skream se desmarca y este “Outside The Box” busca redimirse en parajes menos siniestros que antaño estirando la cuerda hasta los espinosos campos del mainstream. Nadie va a negar el olfato de Jones para construir beats impolutos y cortantes, pero parece como si algo –excitación, instinto– se hubiera quedado por el camino. Parece. El disco no prende hasta el quinto tema, un “How Real” dinámico con la voz de Freckless empalada en efectos de distorsión y eco. No es la bomba, pero tiene más chicha que cosas que le preceden como el inicial “Perferated” –ambient anémico de la escuela Jean-Michel Jarre–, el insulso “8 Bit Baby” con el verbo angelino de Murs –avant-rap del que en Def Jux y Anticon propusieron hace más de diez años– y “CPU” y “Where You Should Be” –ambientes espesos y reptantes a la espera de que ocurra algo que finalmente nunca llega–. Algo falla en un disco cuando van pasando los minutos y el tufillo de la indiferencia se asienta en la sala de estar.


























