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ÁLBUM (1996)

SUPERELVIS Happiness Is Stupid

Por Caridad
SUPERELVIS, Happiness Is Stupid
 

Apreciábamos el talento raro de Superelvis, pieza clave del underground barcelonés de la década de los noventa, pero a finales de 1996 el grupo rompió las barreras de su “música emocional de resistencia”, como ellos mismos la definían, con el muy especial “Happiness Is Stupid”, su revelación definitiva. Arte, pero no arty, se llevó el premio a mejor álbum nacional del año en el Rockdelux 137. Juan Cervera hizo los honores con esta crítica.

¿Jazz para desamparados? ¿Folk for freaks? Solo Superelvis. Al trío barcelonés –ahora cuarteto, con la incorporación de Alfredo Costa Monteiro– le pertenece un capítulo exclusivo en el raquítico underground español, una zona de “canciones equivocadas” que es necesario –obligado– visitar con frecuencia para no morir asfixiado en los límites cada vez más estrechos de indieland.

Superelvis siempre han sido maestros en el escurridizo juego de la evocación. Con los mínimos elementos –sus textos se reducen a lo esencial– saben cómo despertar memorias adormecidas y quitarle el polvo a los eternos temas del amor, la muerte, el sexo y el tiempo.

Jugando traviesamente con la historia del rock –sus legendarias versiones, sus continuos “samples mentales”: premio (de verdad) para quien identifique aquí citas que van de los Beatles a Nino Rota, de Bowie al himno japonés, de ‘Barrio Sésamo’ a Serge Gainsbourg–, Anki Toner, Meteo Giráldez y Raimon Aymerich montan un laberinto musical que no remite absolutamente a nada ni a nadie de estas latitudes (de otras, más lejanas, se aprecian sombras, siempre difusas, de Tom Waits, Paolo Conte o Cohen).

La justa medida, en un viaje de apariencias y recuerdos, es el elemento fundamental que permite que una obra de arte esquive lo pretencioso y muestre su esencialidad. Superelvis la han logrado con “Happiness Is Stupid”, su álbum más sereno y hermoso, abierto a un aura de atemporalidad que se engrandece con cada escucha.

La voz grave, casi ceremonial, de Toner desgrana sus “mentiras necesarias” entre partituras que conocen el secreto de que menos es más, mientras el acordeón omnipresente de Costa, un acierto incuestionable, impregna todo el recorrido de ternura arrabalera y realismo poético, soundtrack perfecto para un cruce de imágenes entre Marcel Carné y el Jean Eustache de “La maman et la putain”. La trompeta bakeriana del gran Mark Cunningham en la monumental “Hope”, la orgía de vientos –Nyman meets Art Ensemble Of Chicago en la “Dimensión desconocida”– de “Different Moments”, los parásitos que invaden –y dan forma a– “Choose” y “Day I Die” o el piano obsesivo de “Confession” son varias –pero solo algunas: hay que perderse en este laberinto del deseo– de las muchas razones que demuestran que veinte docenas de fans de Superelvis no pueden estar equivocados. Y ahora menos que nunca.

“Hope”.

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