Si, tal y como dejó escrito Jon Savage, The Slits fueron el sonido de la gente descubriendo su propio poder, The Clash eran el sonido de esa misma gente ejerciéndolo. Aunque tras su fichaje por CBS se les acusó de sellar el acta de defunción del punk, nadie niega hoy que, cuando el movimiento parecía irremediablemente abocado a su fase post, Joe Strummer, Mick Jones, Paul Simonon y Topper Headon le dieron vida eterna. Y eso que, a comienzos de 1979, con Sid Vicious cortejando a la dama de la guadaña, con Johnny Rotten recuperando su apellido (Lydon) en P.I.L. y con la new wave asaltando el cielo de las listas, el panorama que se abría ante ellos no podía ser más desalentador. Crucificados por confiar a Sandy Pearlman (Blue Öyster Cult) el control de “Give ’Em Enough Rope” (1978), rota la relación con su mánager (Bernie Rhodes) y víctimas de diversos desengaños, estaban contra las cuerdas. Lo que menos les apetecía era una gira por los Estados Unidos del aburrimiento. Pero la aprovecharon para obtener el crédito que su país les había negado, redefinir su bagaje y, al fin, prorrogar el sueño de Malcolm McLaren invirtiendo los beneficios del trueque de caos por cash en la bolsa de la posteridad.
Publicado oficialmente el 14 de diciembre de 1979, “London Calling” convierte a The Clash en la única banda que importa. Los cuatro magníficos aman tanto el rock’n’roll que quieren asesinarlo en una frustrada tentativa de homicidio que, en sintonía con el “Exile On Main St.” (1972) de The Rolling Stones, expande su universo ético y estético. No solo refleja el contexto histórico –los albores del apocalipsis Thatcher/Reagan– que lo inspira, sino que, celebrando el declive del colonialismo británico y denunciando el imparable avance del norteamericano, lo trasciende. Sin embargo, títulos como “Revolution Rock”, versos como “desde la Guerra de los Cien Años hasta Crimea / con una bayoneta y un mosquetón y una lanza romana” y canciones como “Spanish Bombs” nunca hubieran rescatado al punk de su ensimismamiento nihilista de no incorporar un nuevo marco referencial. Sumados a su natural inclinación hacia el reggae, inopinados giros hacia el rockabilly –la versión de “Brand New Cadillac” (Vince Taylor)–, el soul y el R&B (“The Right Profile”) y el wall of sound de Phil Spector (“The Card Cheat”) cristalizan en el último gran álbum de los setenta, el clásico por antonomasia de los ochenta para la revista ‘Rolling Stone’ y el decimocuarto entre los mejores del siglo XX, según Rockdelux (en el especial número 200).


























