Por muchas remasterizaciones, reediciones, recopilaciones y demás objetos que se publiquen de The Doors, jamás serán suficientes para hacer justicia al grupo que mejor supo hacer uso del concepto “rock” junto a The Velvet Underground. Lo tenían todo. Y a Jim Morrison (1943-1971). Su voz era capaz de llenar el mundo si se lo proponía: cálida en los tramos suaves, decididamente animal cuando partía del blues, pero siempre dueña del sonido y de los sentidos del oyente. Te abrazaba, te acariciaba, te lamía, te mordía y te escupía. Te amaba y te amedrentaba. A veces en una misma canción. Por sus labios brotaban susurros y rugidos, amor y gruñidos, palabras de un autor convencidísimo del poder de sus poemas, que sabía cómo entonarlos para destrozarte. Jim poeta. Jim lagarto. ¿Por qué se tuvo que ir? Jim cabrón.
Aun así, la verdadera anomalía –al fin y al cabo, tipos con carisma, buena voz y textos interesantes no escaseaban en los años sesenta– era el trío que le acompañaba. Robby Krieger, como guitarrista espectacular, no ganaría ningún trofeo. Aparentaba falta de mordiente y dedos poco firmes. Sin embargo, podía ser rápido si se lo proponía, dulce, guarro, melifluo o acrobático, y como buen compositor sabía lo que precisaba de él cada canción. Nunca sobraba o faltaba. Lo mismo ocurría con el batería John Densmore y su ingenio –no sólo existen caja y plato– supliendo cualquier carencia. Como la que implica tener una banda de rock sin bajista. Lo compensaba Ray Manzarek –cuyo sonido de órgano tan característico se convirtió en denominación de origen– con un bajo a pedales en directo.


























