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ÁLBUM (1999)

THE MAGNETIC FIELDS 69 Love Songs

Merge
THE MAGNETIC FIELDS, 69 Love Songs
 

La cumbre de los Magnetic Fields de Stephin Merritt. Un triple CD lleno de antológicas canciones para el recuerdo, el recuerdo del amor y sus circunstancias. Fue una de las obras clave del final de la década de los noventa. En la lista de los doscientos mejores álbumes del siglo XX publicada en el Rockdelux 200 (en octubre de 2002) ocupó el puesto 180 (a solo tres años de la publicación del disco: clásico instantáneo). Esta es la crítica que escribió Pablo G. Polite en aquel extra.

Difícil resistirse a la tentación de este triple CD de fantasía inflamada donde asoma con extrema nitidez el inconfundible estilo de The Magnetic Fields. Argumento: el amor. Perspectivas: todas y mil más. Estilo: simple y llanamente pop. Eso sí, a contracorriente, de gran sensibilidad, transparente, con amplitud de miras y ausente de manierismos. Más de tres horas de intensidad expresiva, de instinto lírico y de emociones de alto voltaje servidas a la temperatura justa. Que a Stephin Merritt le hubiera vuelto a salir un muy buen disco no tenía nada de noticioso: “Holiday” (1993), “The Charm Of The Highway Strip” (1993) y “Get Lost” (1995), por no hablar de otros de sus proyectos (Future Bible Heroes, The 6ths, The Gothic Archies, The 3 Terrors), ya habían dado la medida de su talla. Sí lo fue, en cambio, la naturalidad con que abordó un sentimiento tan ambiguo, impreciso y complejo como el amor y, por supuesto, la impresionante fecundidad creativa fruto del envite.

Nadie, debió de pensar Merritt, había exprimido así la angustia sentimental. Por eso mismo hacía falta que un misántropo como él la retorciera hasta que diera su nota definitiva. ¿Su mayor desafío? En absoluto. Según confesión propia, bastó con apurar unas botellas de vino, tomar a otros como motivo de reflexión y sumar horas y horas componiendo. Así, con esa aparente autosuficiencia, fue como el más digno heredero de Phil Spector dio cuerpo, sentido y peso a sesenta y nueve canciones agridulces que sorprenden tanto por su espontáneo eclecticismo –hay de todo en “69 Love Songs”: apuntes country, punk, rock, reggae, synthpop...– como por su economía sonora y su tendencia a hacer parecer fácil de conseguir lo más difícil de lograr: que ninguno de sus temas suene patético o cursi. Algo que justifica por sí solo que este prodigio alquímico al servicio del ingenio puro haya adquirido la categoría de clásico indiscutible de los noventa.

“I Don't Believe In The Sun”.

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