La historia que lo rodea es mitología moderna y está ya glosada minuciosamente en las hemerotecas. El disco que The Rolling Stones fueron a grabar al exilio después de “Sticky Fingers” (1971) en la mansión cerca de Cannes es de los que más tinta ha hecho correr. Lean a Nando Cruz en el especial Rockdelux del siglo para refrescar la puesta en escena de un legajo imperecedero de canciones que fue tratado de saque como una especie de spin off de Keith Richards y cuya consideración ha crecido en el tiempo hasta convertirlo en el grower más paradigmático de la historia del rock.
En su maltrato a la planificación artística –fueron a grabar con poco más en el refajo que “Sweet Virginia”–, su confianza en el mojo, su permeabilidad para capturar el momento de la banda como conjunto deshilachado pero perfectamente funcional, su complicidad para todos los vicios modernos del hombre y su sabiduría natural (del minimalismo del solista blues a la ejecución coral comunitaria del gospel), “Exile On Main St.” (1972) es el disco que mejor explica lo que tiene de diferencial el rock’n’roll. Cuáles son sus rasgos, qué espíritu lo acompaña más allá, qué aspecto tiene su “duende”. Es un pivote con el que recuperar el rédito de peligro e inmediatez del género y también el faro para los que se han dedicado a mantenerlo, remozarlo o exagerarlo siguiendo sus principios.
Sus anteriores discos ya influenciaron a una generación, este es para los que quisieran enfangarse a conciencia: cualquier compás vale por Jon Spencer o Royal Trux, “Shake Your Hips” por Suicide, “Happy” por Primal Scream, “Ventilator Blues” suelta pringue glam... Por americano que parezca, es lo que unos ingleses grabaron en la Costa Azul. Así que podemos considerarlo un gran bicho posmoderno que demuestra que el rock es un lugar en sí mismo, con raíces propias. Si ya sonaban americanos, aquí además invitaron a Gram Parsons. Sexo, drogas y rock’n’roll se integraron como nunca en lo que fue el pajareo más productivo imaginable.


























