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ÁLBUM (1986)

THE SMITHS The Queen Is Dead

Rough Trade
THE SMITHS, The Queen Is Dead
 

Siempre es un buen momento para recuperar la crítica de la obra cumbre de los Smiths, “The Queen Is Dead”, aparecida en el especial del Rockdelux 200, el de los mejores discos del siglo XX. Ocupó el puesto 30 en ese ranking y esta es la entusiasta y sentida pieza que escribió entonces un certero Juan Manuel Freire. Digamos que ya se había situado en la posición 7 de los mejores discos de la década de los ochenta en la lista publicada en el Rockdelux 63 (ver aquí). ¿Y qué decir de “There Is A Light That Never Goes Out”? Pues que sigue siendo eterna (se puede escuchar debajo).

Una llamada personal convertida en una salva común. Bocados de realidad, amargos y dulces, traducidos en un pop nada arquetípico ni previsible que ha cambiado el pulso a varias generaciones de oyentes necesitados de empatía.

“The Queen Is Dead” es una obra única, una prueba fidedigna de que el pop puede cambiarnos –mejorarnos– los días, conseguir que la soledad parezca más pequeña y habilitar un escondite de afinidad donde refugiarse para aplacar los golpes de lo real. Es el triunfo de la sensibilidad y la inteligencia sobre lo mediocre, una música antídoto contra la música que no dice nada sobre nuestra vida, que no entiende que el fin primero del arte es –o debería ser– la búsqueda de un mayor entendimiento de nosotros mismos, una existencia (algo) más soportable.

¿Cómo hablar de “The Queen Is Dead” sin que cada palabra parezca banal? Estamos ante un disco que infunde energías, que mata, sobrecoge, recoge, rompe, construye. Que influye e importa, y tanto como muy pocos discos de pop en ese ente difuso que es la historia de la música. Indudablemente, The Smiths guardan otros episodios de peso en su catálogo –no olvidemos el precedente “Meat Is Murder” (1985); otra canónica obra maestra–, pero, también indudablemente, es este ese momento mágico en el que los de Manchester alcanzan sus más valiosas cumbres, tanto en lo musical como en lo literario. “The Queen Is Dead” es algo así como su esfuerzo más intenso por afianzar estilo, burlarse de los héroes y ofrecer a los perdedores la opción de sentirse un poco más importantes.

Su tercer álbum –y el definitivo, por mucho que “Strangeways, Here We Come” (1987) tratara de aspirar a sus mismas cotas– perfila posición desde la arrojada “The Queen Is Dead” –fuerza, pujanza– para ir luego confirmando, canción por canción, que The Smiths no solo son maestros en el arte del medio tiempo pesaroso, sino que también pueden brincar –véanse “Cemetry Gates” y “The Boy With The Thorn In His Side”, himno del relegado– o mostrarse tan corajudos como rabiosos –recuerden “The Queen Is Dead”, la divertida “Bigmouth Strikes Again”: nunca antes el origen punk de su sección rítmica pudo apreciarse tanto–. Además, demuestran que tienen el valor para afrontar proezas musicales, como la de aquella “Vicar In A Tutu”“tan natural como la lluvia, vuelve a bailar”– donde Johnny Marr aplicó una steel puramente country a la vocalización puramente inglesa de Morrissey.

 
THE SMITHS, The Queen Is Dead

¿Solo un disco sublime? Personalidad, literatura, canciones... La vida y la inspiración para varias generaciones de oyentes.

 

El avance musical se une al avance literario que significa “The Queen Is Dead” respecto a cualquier muestra anterior. Esta vez Morrissey no se regodea especialmente en sus miserias, sino que trata de marcar distancia frente a ellas y buscar modos de disfrutarlas. “Bigmouth strikes again”, tararea Morrissey. Y lo hace cantando como una Edith Piaf al borde de la parodia, pero, esta vez, consciente de serlo. “Podemos pasear por lugares tranquilos y secos / y hablar sobre cosas preciosas / pero la lluvia que alisa mi pelo... / Oh, estas son las cosas que me matan”, dice burlándose de sí mismo en “The Queen Is Dead”. El ególatra se relega un poco al margen, observa la realidad y se aproxima a la comedia moral (“Frankly, Mr. Shankly”, “Some Girls Are Bigger Than Others”) con el mismo tino con que carga contra la familia británica (“The Queen Is Dead”) y la obsesión de los medios por sus pequeñas y diminutas tragedias. Moz afila su pluma con intención de no dejar clase, estereotipo ni poderoso con cabeza.

Sin embargo, un depresivo vocacional no cura prontamente. Pequeñas perlas como “The Boy With The Thorn In His Side”, “I Know It’s Over” y “Never Had No One Ever” se ajustan al ahogo, al tono dramático y al radical pesimismo de los Smiths más clásicos. Y luego está “There Is A Light That Never Goes Out”, esa canción imposible. Morrissey suplica: “Llévame esta noche / donde hay música y hay gente / joven y viva”. Y luego sueña: “Y si un autobús de dos plantas / choca contra nosotros / morir a tu lado / qué maravillosa forma de morir”. Como algún protagonista del “Crash” de J.G. Ballard, fantasea con morir en un accidente, una muerte tan de celebridad.

Agresivos, críticos, impulsivos, angustiados, imposibles, irrepetibles, espectaculares, íntimos, The Smiths se mostraban aquí con las armas para afirmar que eran la mejor banda del mundo. Desde la portada, el Alain Delon de la película “La muerte no deserta” (Alain Cavalier, 1964) reproducía el espíritu romántico de una formación insumisa a la maldición de lo mediano.

El inspirador “The Queen Is Dead” no es solo un disco, es una forma de vida. Todo en él apunta, liberadoramente, a la posibilidad de una huida hacia adelante, de una música que realmente pueda auxiliar, valerse de la experiencia para ofrecer una opción al aburrimiento. Todo lo que se considera esencial en el pop (personalidad, literatura, canciones) se sublima dentro de este disco. La vida y la inspiración de muchos están dentro.

“There Is A Light That Never Goes Out”.

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