Aunque lleva varios años afincado en Eslovenia, Chris Eckman sigue portando en su subconsciente una Norteamérica cada vez más mitificada. A ella rinde homenaje en el decimoquinto álbum de los infravalorados The Walkabouts, y el primero desde el electrificadísimo y salvaje “Acetylene” (2005). Casi comparable a una road movie o a una novela posapocalíptica como “La carretera” de Cormac McCarthy, el disco gira en torno a un lugar tan imaginario como reconocible llamado Dustland, por el que se pasean personajes derrotados o desesperanzados, en constante huida hacia ninguna parte. Diversas citas en el libreto interior (de Paul Bowles, la Biblia, Willa Cather y William T. Vollmann) contribuyen a construir la antiepopeya, que, musicalmente, traducen en un folk-rock desértico y de espacios abiertos, aliñado por unos arreglos orquestales que acentúan el dramatismo.
Una vez más el contraste entre las voces de Eckman (distorsionado, desquiciado, diabólico) y Carla Torgerson (angelical, derrotada, melancólica) es lo que otorga más tensión al recorrido del álbum, donde se van alternando desde la maravillosa obertura de “My Diviner”, cantada por ella, hasta el final crepuscular de “Horizon Fade”, en el que confluyen los dos vocalistas. Aunque la temática no sea realmente original, la exquisita construcción de cada canción vapulea e impresiona, confirmando el alto nivel al que la últimamente poco prolífica banda de Seattle se sigue manteniendo. ![]()



























