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ÁLBUM (2012)

THE xx Coexist

Young Turks-XL-Popstock!
THE xx, Coexist
 

¿Cómo sobrevivir al hype con apenas 20 años y cuando tu álbum de debut amplía su radio de acción por encima de los límites soñados, Mercury Prize incluido? Cada cual reaccionará de una forma u otra a este dilema –que lo es: negar que el peso de la fama afecta al proceso creativo es de ingenuos o de locos–, pero Oliver Sim, Romy Madley Croft y Jamie Smith parece que lo han tenido claro: arrinconando presiones y cincelando un segundo largo que mueve ficha sin salirse de la casilla de ese sonido –melancólico, íntimo, nocturno, despojado– que los convirtió hace tres temporadas en los niños mimados de medio planeta ¿indie?

Curioso, lo de The xx. Curioso cómo unas músicas que tienen todos los números para quedarse acotadas en jardines de minorías encuentran un punto de fuga que riega cultivos lindantes con el mainstream. Y es curioso, repito, porque lo que ofrece el trío londinense no es precisamente la comida procesada que alimenta los canales de (des)información masiva. Su música parece creada para ser consumida entre la soledad de cuatro paredes, pero ahí la tienen: encabezando festivales multitudinarios; sus canciones parecen buscar la complicidad individual, el tú a tú, pero ahí están, aclamadas en comuniones masificadas. Un caso a estudiar, sin duda (como el de James Blake, por ejemplo).

“xx” (2009) se abría con una “Intro” instrumental, como queriendo desbrozar el camino a las voces. En “Coexist”, estas ya suenan apenas diez segundos después de pulsar el play. Ah, las voces: el gran activo, sin duda, de The xx. Romy y Oliver, juntos o por separado, actúan de chamanes para inocular el calor y el color a unas canciones que parecen hechas con el bisturí de un cirujano sin alma. Sin esas gargantas –cálidas, apasionadas en su aparente distanciamiento–, The xx sería un competente proveedor (otro) de bandas sonoras imaginarias para postales de ciudades posindustriales en decadencia. Vamos, que el tópico acecharía.

 
THE xx, Coexist

Aumentando el misterio sin salirse de la casilla de un sonido melancólico, íntimo, nocturno... Foto: Alfredo Arias

 

El gran activo del grupo es, hasta hora, ese baile en la cuerda floja del equilibrio que lleva de lo meramente decorativo al pellizco de las emociones. Y lo bordan con una capacidad de síntesis admirable que cose con lo mínimo –guitarra en los huesos, ritmos limpios y escuetos...– elementos que en pocos segundos te pueden despertar ecos de Everything But The Girl y del house licuado, de Durutti Column y de Womack & Womack, del R&B sin oropeles y del ambient brumoso. Prueben con “Reunion” y “Sunset”: una (bueno, dos) canción vale más que mil palabras.

Sutileza. Es la clave. Y dolor: autobiográficos o no, los textos continúan incidiendo en los escozores de los roces del amor, en los arañazos de las rupturas, en las grietas de los pozos sin fondo de los sentimientos... Esta negrura existencial echa raíces en canciones poderosas en su capacidad para activar el recuerdo. Parecen cápsulas de tiempo agitando partículas que, en sus choques, te pueden llevar del pasado al hoy en un viaje sin sobresaltos: las guitarras como llegadas de olvidados singles de los años cincuenta, los beats esculpiendo poemas de leds en discotecas sintéticas…

“Coexist” refina con firmeza todas las claves que hicieron de “xx” un disco especial. Sus variantes (que las hay: los ritmos de Jamie corren por toda la columna vertebral del álbum, su presencia aumenta sin estrangular el clasicismo de los temas) refrendan un segundo capítulo más compacto y homogéneo, infalible en los hits (“Fiction”, “Tides”) y aventurado en las baladas comatosas (“Unfold”). En “Missing”, uno de los picos del largo, Oliver afirma que su corazón late de manera diferente. ¿Lo creemos? Qué importa: lo cierto es que The xx han conseguido diferenciarse de cualquier liga con su planeta sonoro sombrío, sensual, onírico y humano, terriblemente humano.

“Fiction”.

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